domingo, 15 de abril de 2012

Capítulo 2: "Música y luces"

Me levanté de la cama, fui al baño y me eché agua fría en la cara en un vano intento de que de mis pálidas mejillas se borrasen las marcas de los sentimientos que, desde hacía ya varias horas, se desbordaban de mis ojos de manera totalmente involuntaria. Algunas gotas de aquel gélido líquido se deslizaron por mis oscuros cabellos confiriéndoles un curioso brillo al contraste con la mortecina luz que entraba por la ventana situada a mi espalda; pero yo no me detuve a contemplar el baile que esas incoloras partículas hacían sobre mis tirabuzones, pues cuando alcé la mirada para enfrentar los ojos que el espejo reflejaba, lo que vi fue a una joven con unas pronunciadas ojeras sobre su faz de enfermizo tono blanco que pretendía parecer vivaz con el simple hecho de portar un pijama de color rojizo sobre el que se dibujaban decenas de corazones en distintos tonos. Cerré los ojos, tomé la toalla con la mano izquierda y enterré en ella mi cara.


Corazones...



>> Al siguiente chico con el que estuve no le puedo definir exactamente como ‘mi tercer amor’ porque en ningún momento llegué a sentir nada especialmente intenso por él. No obstante, creo que mi Templario, aunque sea simplemente porque mi primer beso se lo di a él y porque me descubrió qué es lo que hay que sentir cuando mantienes una relación con alguien, merece una mínima mención.

Todo sucedió en mi segundo curso en el instituto, con 13 años. Había pasado de ser una chica arisca, que contestaba mal y que no soportaba tener el menor contacto físico con nadie a alguien totalmente opuesto a ello: social, cariñosa, alegre, bromista y sin el menor reparo de soltar mi melena al viento. Él, por su parte, era un joven que despertó en mí la más pura curiosidad por el halo de misterio que le envolvía así como por la incapacidad de saber, al contrario que con el resto de personas, qué pensaba o cuáles eran sus intenciones con tan sólo mirarle a los ojos. Debo admitir que en aquel entonces me sentí frustrada; al fin y al cabo ¿quién espera encontrar de la noche a la mañana a una persona de sexo opuesto al suyo propio y que, a excepción claro está de la educación recibida, tenga los mismos pensamientos y el mismo comportamiento que uno? ¿Qué chica espera encontrar a un muchacho de su misma altura, con el mismo color de ojos y de cabello, la misma soltura al hablar, los mismos gustos e incluso con la misma fecha de nacimiento?


Me resultó atractivo la primera vez que le vi. Su cuerpo delgado no marcaba una trabajada musculatura, y su cabello, rapado por la zona lateral de la cabeza y ligeramente más largo en la coronilla y la frente le daban un toque de guerrero seguro de sí mismo que me resultó casi irresistible. Por si fuese poco, el hecho de que me llevase dos años no hacía sino acrecentar ese ligero atractivo.


El día que nos besamos estábamos en su habitación. Yo sentada sobre su cama con la espalda recta por la tensión y los pies pegados al suelo, con una carta escrita por ordenador en mis manos mientras que remitente estaba tumbado en el colchón con la cabeza en mis piernas. Recuerdo que mis ojos recorrían una a una las líneas sin que las emociones que pretendían transmitir esas palabras penetrasen en mí lo más mínimo hasta el punto de que, cuando la terminé de leer, tan sólo pude pensar que todo aquello no era más que una de esas “cartas tipo” que circulan por Internet, y que lo único que había allí plenamente dedicado a mí era la última línea, la posdata:


“¿Cómo conseguiste llegar al nivel 99 en el Kingdom Hearts II?”


Sonreí con una amargura que se transformó en escepticismo. Acababa de averiguar que lo que ese muchacho buscaba en mí no era precisamente mi felicidad; acababa de descubrir que mi Templario no actuaba ni nunca actuaría, por altruismo. Mantuve la calma cuando hablé e incluso cuando me besó, pero si jugar era lo que quería, le demostraría cuán bien lo podía llegar a hacer una mujer.<<


Retiré la toalla de mi rostro y la volví a dejar en su sitio apenas un segundo antes de mirarme al espejo. Mis mejillas y mis labios habían adquirido algo de color y mi expresión, ahora más despejada, parecía la de alguien que, sabiéndose victorioso en el futuro, lucha desesperadamente contra el mundo que quiere asfixiarle. Me sonreí con picardía renovando levemente mi ánimo al tiempo que me erguía y me disponía a salir de la estancia dispuesta a preparar las cosas para pasar una noche de fiesta fuera de mi casa; y mientras doblaba la ropa y la introducía en la maleta decidí, no sin cierta ira y antes de dejar a mi mente ser esclava de todos mis recuerdos una vez más, que aunque lo más probable era que aquel día no le viera, no le besase, no le abrazase y no pudiese hablarle cara a cara, que mi Caballero con Vaqueros y Cadenas, por muy fuertes que fuesen mis sentimientos hacia él, no me volvería a arrancar una lágrima de desesperación.

Me quité el pijama y me puse ropa de calle. Salí de mi cuarto con el macuto colgado de un hombro.



>> Aquella extraña relación entre el Templario y yo no duró mucho. El 27 de marzo en el instituto, apenas una semana y un día después de nos besásemos en su habitación, se acercó hasta donde yo me encontraba y me apartó del grupo de amigos para hablarme. Fue delicado, hay que admitírselo. Puedo decir sin temor a equivocarme que ha sido el chico que más dulcemente me ha dejado y el que menos daño me ha hecho durante el tiempo que formamos el uno parte de la vida del otro, pero lo cierto es que cuando le escuché excusarse en su decisión diciendo que era porque creía que había estado durante 8 días jugando con mis sentimientos, no pude evitar que en mi interior resonase una carcajada y que mi orgullo se revelase ante esa realidad con un pensamiento tan fuerte que tuve que hacer un verdadero esfuerzo por contener aquellas mordaces palabras.

‘Nunca has podido jugar conmigo’

Sonreí comprensiva y le puse una mano en el hombro. Le alenté, le consolé diciendo que no pasaba nada y desvié la conversación hacia el punto que me interesaba: unos tomos manga que me estaba prestando. Aún recuerdo su rostro al ver, comprobar, que el jugador también forma parte del juego.

Puede que fuera mi primer acto cruel.<<


Llegué a casa de mi Princesa apenas una hora y media antes del almuerzo. Recuerdo que, tras saludar a su madre, para la que casi soy en estos días una hija más, subí las escaleras que conducían a su habitación y, tras llamar a la puerta, entré en el cuarto donde ella, todavía con el pijama puesto, aguardaba a mi llegada recostada en la cama aún sin hacer y con el portátil en las piernas. Sonreí al verla; parecía que por muchos días que transcurriesen, mi niña nunca cambiaría su manera informal y aniñada de recibirme... al igual que tampoco se alteraría jamás el color rosado de sus ropas de dormir. Extendió los brazos al verme e hizo a un lado el ordenador para que acudiese a abrazarla, avancé unos pasos, me descolgué la maleta dejándola a los pies del lecho y me acerqué hasta ella acudiendo a su llamada.

Tras unos besos y un par de risas con nuestras bromas habituales, centramos nuestra atención en la pantalla luminosa que tomaba forma ante nuestros ojos y a través de la cual pudimos encontrar algo de información acerca de las antiguas deidades griegas. Mi mente se quedó estancada en ‘Eros’, comúnmente conocido como ‘Cupido’.


>> El siguiente chico del que me enamoré era Mi Rey de lo Absurdo. Se trataba de un muchacho que me superaba por mucho en altura, de cabellos y ojos oscuros y complexión exquisitamente delgada. Era cuatro años mayor que yo y vivía a 500 kilómetros de distancia; recuerdo que la primera vez que hablé con él fue por Messenger en una conversación grupal en la que me introdujo una buena amiga el 10 de Junio. Todavía me sorprende que pudiera enamorarme de él apenas dos meses tras conocerle y sin haber tenido el placer de verle en persona; así como el hecho de que me convirtiese en su punto de apoyo hasta tal punto que le salvé, sin saberlo, de cometer suicidio.

Aunque tan sólo le tuve a lo largo de mi vida tres veces materialmente ante mí, todas las noches que pasé en vela hablando con él fueron suficientes como para que pudiera llegar a conocerle mejor que él mismo y como para que forjásemos un vínculo entre ambos que, creíamos, jamás nos separaría. Cada noche aguardaba delante del ordenador o miraba la pantalla del móvil esperando noticias suyas hasta que el sueño me invadía y mis ojos me exigían descanso... pero yo era joven y él mayor; yo una ilusa realista y dispuesta a todo y él un soñador demasiado bohemio y atado a sus malestares físicos y mentales; yo una niña con el corazón y la inocencia intactos, y él un joven torturado por los sentimientos y una familia puntualmente desestructurada. Fue él quien me enseñó la diferencia entre querer y amar dándome el mejor ejemplo y experiencia posibles: mis sentimientos hacia él.<<



No tardamos en bajar a almorzar cuando nos llamaron. Las risas nos habrían el apetito y éste, por suerte o por desgracia, no se saciaba con facilidad. Mi memoria no es tan buena como para llegar a recordar qué fue lo que llenó mi estómago aquel día o siquiera si tenía algún tipo de salsa que hiciese enloquecer de gusto al paladar; aunque sí puedo asegurar que, como todos los platos que la madre de mi Princesa prepara, la comida quemaba, y mucho. No obstante, cuando ese magma volcánico ya estaba asentándose en nuestro interior, optamos por quedarnos en la planta baja, sentadas las dos en un solo sillón de una plaza, a ver una película de hace unos treinta años en las que las típicas alumnas americanas y populares viven sus años de instituto tratando de sobrevivir a las hormonas.


No pude evitar volver a sumergirme en mis tantísimos recuerdos cuando un muchacho que en primera instancia se mostraba alegre, jovial, comprensivo y con buen fondo se mostró ante la cámara y ante una de las protagonistas tal como era: una persona fría y manipuladora a quien tan sólo le interesaba él mismo.


Sonreí de medio lado. Demasiadas personas iguales hay en este mundo.



>> No pude olvidar a mi Rey de lo Absurdo en mucho tiempo, podría decir incluso que jamás llegué a olvidarle y que tan sólo me limité a aprender a vivir con menos incluso de lo que en la desmesurada distancia entre ambos existente podía ofrecerme. Aun así debo decir, no del todo orgullosa, que me llevó dos intentos y una larga cuesta abajo aprender esa lección.

El primero de mis intentos fue otro chico, Platón, que bien podría definirse sin meter demasiado la pata como "marginal". Era un joven que casi alcanzaba los dos metros de altura, de ojos color miel claro con algunos toques azulados y complexión muy delgada al tiempo que levemente fibrosa. Tenía el cabello corto aunque no demasiado, las orejas ligeramente separadas del casco más de lo debido y los dientes sucios y torcidos. No consigo recordar salvo un par de particularidades de su físico tales como que sus manos eran muy grandes y que la punta de sus dedos estaba aplanada, como si la uña ejerciese mucho peso sobre la piel. No era no obstante un hombre feo... como se suele decir, era un chico del montón; de la parte de abajo, pero del montón al fin y al cabo.

Emocionalmente hay que decir que era un chico muy débil. Su madre le había dado a luz siendo adolescente y el padre se había desentendido de él. Tenía, creo recordar, una hermana un año menor que yo que era el fruto del posterior matrimonio que contrajo, y probablemente había sido esto, junto con el hecho de que casi rozando las dos décadas no había tenido nunca pareja, lo que le terminó por definir como alguien irascible, celoso, arrogante, prepotente, lascivo y alguien a quien, además, le costaba entender los sentimientos ajenos. Lo pasé realmente mal con él en los casi tres meses que estuvimos juntos, ya que no sólo tenía que soportar la presión constante que sus celos ejercían sobre mí, sino que, casi por consecuente, terminé por distanciarme de los amigos que durante tanto tiempo habían hecho suyos mis problemas.

Me sorprende haber podido aguantar durante 90 días la tortura que era su compañía; me sorprende haber dado dos oportunidades a alguien que quiso cortar lazos conmigo el día gris en que le dije que me dolía la cabeza y él no oyó mi voz; a alguien que quiso tomar por la fuerza el monopolio de mi tiempo libre... a alguien a quien le importaba tan poquísimo yo y mi estado anímico que, aunque le lloré y le expliqué cómo me sentía, jamás oyó mis palabras hasta el punto de que casi...<<

Cerré los ojos con fuerza contra el pecho de mi amiga y di una honda inspiración antes de dejar la mente en blanco apenas el tiempo suficiente como para borrar aquel recuerdo y que el corazón de mi Princesa me alumbrase de nuevo con su calidez e inocencia. Subí los párpados y continué viendo la película apenas hasta que decidimos subir al piso superior para cambiarnos de ropa con la que asistir a la fiesta.

Miré el móvil antes de dejarlo sobre su mesilla de noche y desviarme para sacar mi ropa de la maleta. Mi Caballero con Vaqueros y Cadenas no había vuelto a dar noticias de seguir con vida o siquiera de estar planteándose ir o no ir conmigo al lugar anteriormente mencionado. Intenté ocultar mi tristeza con risas y creo que en cierto modo lo conseguí... aunque la incertidumbre y la ilusión fueron imposibles de erradicar.


            Aun hoy no deja de parecerme curiosa esa habladuría de que, en cuanto al amor, son los chicos los que han de hacerlo todo y las chicas las que se dejan hacer... Aunque tampoco puedo decir que mi vida haya sido normal nunca.



>> Puedo decir sin temor a equivocarme que mi relación con Platón fue la más penosa de cuantas he visto y en cuantas he participado. Puede que fuese por una infancia traumática, pero eso, sumado al hecho de que nos veíamos todos los días en el instituto y a que tenía vehículo propio, lo convirtieron en un sepulcro de acero para mi alma juvenil. Su forma de celarme hacía que darle un abrazo y dos besos a mis amigos me costase largas discusiones con él, que no pudiera salir sola de mi casa si no era en su compañía y que tenía que hacer a un lado todo cuanto me era menester para atender sus necesidades, sus lascivas necesidades.

            Por eso fue que, para cuando pretendió ser la jaula donde encerrarme y romperme las alas bajo la amenaza de cortar nuestra relación, fui yo quien decidió desprenderse.

            Todo comenzó en un día de invierno, allá por finales de febrero o principios de marzo, en los que tras pasar una tarde con una amiga y en su ausencia por mi pueblo, volví a casa al recibir una bronca vía móvil de mi padre. Mis ánimos ya estaban lo suficientemente caldeados al cruzar la cancela, y me fue imposible contenerlos cuando recibí un sms que versaba algo como esto:

            'Me he encontrado con el Escudero y me ha dicho que has bajado al pueblo. ¿Por qué no me has avisado? ¿Cuándo hay tiempo para tu novio?'

 No podía creer lo que leía. Llevaba tres meses sin salir con mis amigos, sin verles fuera del instituto y sin abrazarles ni besarles agusto porque él no me dejaba. Me las veía putas para estudiar porque él monopolizaba mis tardes y hasta me venía a ver en cada intercambio de clase para ver que no le mentí sobre mi horario... ¿y me decía que no le dedicaba tiempo, que no le prestaba atención? No podía soportar tales insolencias... y no lo hice.<<

            Cuando nos vestimos y estuvimos listas para salir, tarde como siempre, nos reunimos con otra chica, Palpatin, que aguardaba a nuestra llegada en una plaza cercana. Con piropos que nos hicieron reír al pasar, recorrimos un buen trecho cuando me di cuenta que había olvidado algo. Pidiéndole las llaves a mi Princesa y bajo la promesa de encontrarnos en la fiesta, me volví sobre mis pasos deshaciendo el camino que acababa de recorrer hasta llegar a su casa.

Tras intercambiar un par de risas con su madre y una vez hube dejado y recogido lo que necesitaba llevar conmigo, volví de nuevo a las calles adoquinadas maldiciendo al constructor de las mismas por no hacerlas más propicias para caminar con tacones... aunque tampoco podía quejarme, pues de no ser por mi Princesa lo más probable era que hubiera tenido que ir al lugar en botines. Sonreí. Mi niña me salvaba el culo hasta en las ocasiones más raras y de la forma más original.

Me detuve un momento en seco, mantuve el equilibrio el tiempo suficiente como para ajustarme el bajo de una de las perneras de los vaqueros de pitillo  y volví a emprender la marcha empujando con suavidad el pequeño bolso que llevaba conmigo hacia la espalda de manera que molestase lo menos posible al balanceo de mis brazos al caminar. Casi de manera instintiva dirigí la zurda hacia el bolsillo de mis pantalones que se encontraba en esa zona y extraje el móvil con cuidado haciéndolo girar sobre mi palma para verlo bien. Recuerdo que dudé un segundo antes de pulsar el botón central del mismo para que la pantalla se iluminase y comprobar así, no sin tomar aire con resignación, que mi Caballero con Vaqueros y Cadenas seguía sin dar señales de vida a pesar de lo prometido.

Llegué a la fiesta con el ánimo algo caído apenas saludando con un par de besos al organizador de todo aquello, con el que intercambié una serie de palabras en la más escrupulosa de las confidencias sobre la situación que se estaba viviendo dentro. Gluttony no estaba contento con el resultado, pues al parecer varias personas les habían dejado en la estacada y tendría que acarrear con más gastos de los previstos, pero aun así trataba de mantener el ánimo, y puede que fuera esto, sumado a que yo ya estaba emocionalmente sensible, que no pude sino agradecerle internamente que no necesitase de mi consuelo como amiga y confidente. Así, con apenas un par de preguntas más, me detuve frente a la puerta de la discoteca, cerrando los ojos y llenando de aire mis pulmones al tiempo que dirigía mis gélidas manos hacia ambos picaportes.

Debo reconocer que me sentí pletórica cuando entré. Empujé ambas puertas al unísono de forma que mi silueta pudiese avanzar por el centro sin problemas,  y si a esa glamurosa y bien calculada entrada le sumamos el hecho de que todos los ojos del interior se desviaron hacia mi cuerpo, enfundado en unos vaqueros ajustados y un chaleco azul, podemos hacernos a la idea de la atención que había posada sobre mí en aquel momento. No me cabe la duda de que algunos me mirarían con desdén, otros con curiosidad y otros simplemente aguardando que me acercase para saludar; pero si no hubiera habido música en aquel momento, el sonido de mis botas de tacón se había oído en todo el local. Habría sido una situación incómoda, muy incómoda… pero, una vez más, mi Princesa vino a salvarme.

Apenas tras mandarle a mis dedos la orden precisa para que soltasen los picaportes y a mi cuello el mandato de que virase buscando junto a mis ojos a algún conocido, me encontré sosteniendo en brazos a la chica con la que dormiría aquella noche, que se había arrojado contra ellos como si fuese la primera vez que me en varios años. Tras el abrazo la besé y me deshice tanto de mi elegante abrigo negro y plateado como del bolso donde llevaba… bueno, todas esas cosas que las chicas necesitan.

Bromeando y saludando a todos aquellos que conocía, me quedé petrificada al toparme con unos enormes ojos verdes enmarcados por unas pestañas de vértigo que hizo a mi mente retroceder para terminar con la historia que había dejado a medias.


>>Al día siguiente de aquella discusión por sms, huí de mi pueblo.

No es que fuera una fuga en toda regla, pues lo cierto es que fui a ver a mi tío, pero tampoco puedo negar que no utilizase aquella deseada visita como la vía de escape que necesitaba para evadirme de la miseria que era mi vida a su lado. Así, durante las dos horas que duró el viaje de ida y el de vuelta, pude perderme en los estridentes gritos y solos de guitarras eléctricas que llegaban a mis oídos desde mi móvil gracias a los auriculares. Pensé que quién era él para cercenar mi libertar o anteponer su libido a mis necesidades, que quién era para privarme de mis amistades, controlar mi vida o enjaularme para que mis ojos sólo se encontrasen con él como estrella guía, como fatal estrella guía.

Aquella mañana de sábado me levanté con los cables cruzados. Sólo deseaba ver y pasar ese sábado de tantos que recorrerán mi vida con los que conforman mi familia y, el día siguiente, dedicarlo a una amistad, la Voluble,  que se había deshecho en lágrimas el día anterior, cuando la llamé con intención de dar una vuelta con ella. Podrían rondar las once de la mañana cuando el teléfono fijo de mi casa comenzó a romper el silencio del salón una vez tras otra encontrándose al otro lado de la línea siempre la misma persona: Platón.

 Ignoro cuántas veces descolgué para hablar con él, cuantas veces me colgó o incluso lo que pasaba por su cabeza en aquellos momentos; lo único que sé, era que quería apartarme de los que me amaban, que me pasase otro día de mi vida, otras horas, aguantando sus repugnantes labios cuando buscaban los míos y huyendo de sus manos cuando éstas se encontraban con mi cuerpo. Puede que sólo tuviese catorce años, pero tenía muy claro que no me iba a subyugar a su placer personal.

Le hablaba, explicaba, chillaba y colgaba; cada vez con una línea de paciencia más borrosa que antes que con él tenía otras obligaciones para con aquellos que me rodeaban. Llegó un punto en el que incluso mi hermana mayor le habló desde el teléfono pidiéndole que dejase de llamar porque yo no quería hablar con él ni recibir noticias suyas. Recuerdo perfectamente cómo yo, en mi habitación, intentaba extender las sábanas de mi cama cuando, tras esa intervención de mi consanguínea, el sonido del maldito aparato recorrió los pasillos de mi hogar hasta reventarme los tímpanos… por última vez. Aporreé el colchón de mi propia cama con tanta fuerza que me dañé los nudillos, y salí de mi cuarto hecha un completo basilisco, e incluso mi propia madre retrocedió un paso acongojada por la furia que mis ojos expedían. No la vi, pero supe, por su tono de voz, que su faz había palidecido al contemplar la mía.

La conversación, a gritos, se puede resumir en que continuaba insistiendo en monopolizar mi día de descanso y yo me resistía con una fuerza que nunca creí poseer. Ahora que los años han pasado y puedo observarlo con algo más de objetividad, me veo a mí misma como a un caimán que se retuerce entre los brazos de un furtivo hasta que se suelta de las cuerdas y consigue morderle y arrancar sus miembros de cuajo. En última instancia, me mandó a tomar por culo en un alarde de la prepotencia que latía en su interior y yo, jacobina hasta la muerte, no fui menos, y tras contestarle con lo propio colgué, esta vez sí, por última vez.

Miré el aparato que se recortaba contra la palma de mi mano un momento antes de dejarlo sobre la mesa. Mi pecho subía y bajaba con energía por la emoción y el esfuerzo, y para cuando mi progenitora y mi hermana aparecieron en el umbral del salón, no pude sino sonreírles y decirles que ya no iba a llamar más.

Probablemente, si me hubiera entretenido en paladear esa sensación pegajosa que me subía desde la garganta, habría podido averiguar que la victoria no siempre es amarga, y que, cuando va acompañada de libertad, parece auténtica ambrosía.<<


Por un segundo me pareció que aquellos ojos verde-azulados se movían a cámara lenta, y que su orgulloso portador parecía sentirse agradado con mi estado de hipnotismo. Yo ya le conocía, al igual que él a mí, pero nunca nos habíamos detenido a hablar más de lo necesario, o siquiera habíamos intercambiado más palabras de las necesarias… pero esa noche cambió todo. No puedo decir que fuera el alcohol, porque no bebí más que refrescos en aquella triste discoteca, pero quizás las ganas de olvidar a mi Caballero con Vaqueros y Cadenas hicieron de mí una joven más alocada que de costumbre, que, no obstante, quiso buscar una última excusa para liberar todo lo que llevaba unos meses guardando.

Salí al exterior sin plantearme que había a quienes no había saludado, y tras un dulce abrazo de la gélida brisa que consiguió erizarme la piel y arrebatarme la temperatura de las manos, extraje una vez más el móvil mientras miraba a un horizonte plagado de edificios y árboles, de personas; un horizonte en el que se oían los trenes de la estación, pero también los chillidos de los niños jugando en un parque cercano; un horizonte lleno de calles empedradas y callejones sin salida; un horizonte, al final del cual estaba el dueño de mis desvelos. Busqué su número en la agenda, y tras desviar un segundo los ojos a mis zapatos me puse a pasear nerviosa de un lado para otro contando los pitidos… hasta que éstos se detuvieron.

He de admitir que me costó reaccionar, pues una parte de mí pensaba que, al igual que la promesa que me había hecho, se había olvidado del móvil en algún lugar. Su voz sonaba triste cuando respondió, y su tono no mejoró a pesar de volver a invitarle a asistir incluso corriendo yo con los gastos, de decirle que la Doncella no iba a asistir o que ni el Fantasma iba a acudir tampoco. Ante las negativas me despedí y colgué. Sentía la rabia quemándome los ojos y la impotencia apoderándose de mi expresión; pero me bastó bajar los párpados, suspirar y colocar una mano sobre la fría baranda de piedra que tenía ante mí para recobrar la calma. Volví al interior del local como si nada hubiera sucedido.

Había cumplido la promesa de no derramar más lágrimas, y pensaba cumplir otra: la de olvidarme de alguien que sentía demasiado consumido en su propia desdicha como para tomar la mano de quien pretendía ayudarle a caminar de nuevo; y, sin más, dejé a un lado el sentido del ridículo y la vergüenza que siempre me habían acompañado para hacer mía la pista de baile.





-Fin del capítulo 02-

domingo, 26 de febrero de 2012

Capítulo 1: "Rememorando el pasado"

Aquella mañana tardé más de lo debido en levantarme de la cama. Puede que fuese porque no había dormido bien; porque me dolían los hombros y la espalda; porque me sentía cómoda, relajada y ajena al mundo que me rodeaba; porque mi habitación, con las persianas aún bajadas, asemejaba a la perfección la oscuridad de la noche... o puede que fuese simplemente porque acababa de leer un sms que acababa de llegar a mi móvil a pesar de que mi Caballero con Vaqueros y Cadenas lo había escrito en plena madrugada. Aun hoy no sé con exactitud el porqué y tampoco es que a estas alturas me importe demasiado... pero aquella mañana, mientras intentaba con todas mis fuerzas hacer caso omiso a las quedas lágrimas que resbalaban por mis mejillas, decidí recordar.

"¿Cómo he llegado a esta situación? ¿Qué he hecho para merecerlo? ¿Qué hubiera pasado si...?" Esas suelen ser las preguntas que acuden a la mente de las personas cuando intentan recordar o encontrarle algo de sentido a algo que acaba de suceder; siendo totalmente sinceros, a mí misma las posibilidades imposibles o las causas injustificadas por las cuales el destino nos trata como nos trata no es algo que me quite, ni mucho menos, un mísero minuto de mis sueños intranquilos. Es por eso que, a pesar de las interesantísimas reflexiones filosóficas que puedan surgir a raíz de las dos últimas preguntas, mi mente optó por centrarse en la primera de ellas.


>> ¿Cómo he llegado a esta situación?<<

>>Nací el 20 de Julio de algún año en el que el perro reinaba en el zodiaco chino. Era yo el fruto de un matrimonio en el que ocho años en el pasado el amor de dos personas formó a la que hoy en día es mi hermana mayor así como una nueva llama de esperanza que, confiaban, les desterrase de la mente el dolor del aborto que acababa de sucederse. Nunca dejará de parecerme irónico que, aún sin haber nacido, siquiera haberme formado como un nombre o una ilusión en la mente de mis progenitores, hubiera podido no existir; pero, como dije antes, eso pertenece a otro tema.

Crecí peleando diariamente con mi hermana; subiéndome a los árboles cada vez que tenía ocasión en lugar de jugar a ser mamá con las niñas de mi edad. Desde que tuve uso de razón y a mis manos llegaron las primeras películas, en VHS, de las princesas Disney, deseé fervientemente que mi cabello se volviese rubio como los rayos del sol que nos despiertan cada mañana y que mis ojos cambiasen su tonalidad hasta adquirir una que fuese tan cristalina como el agua. Mi silueta, algo regordeta, no me desagradaba en aquel entonces, y para cuando mi físico empezó a ser un motivo de preocupación para mí misma, ya había adquirido la suficiente altura como para parecer delgada. Durante muchos años tuve un cerco rojo en los ojos producto de una enfermedad de la piel que, al contraste con mi pálida piel, hacía parecer que siempre estaba enferma... pero lo más importante de la niña que era no estaba allí, en mi piel o sobre mis ojos, sino tras ellos: en lo más profundo de mi cabeza.

Puede que fuese por simple timidez pero a una edad muy temprana comencé a filosofar y a cuestionarme las razones de aquello que me rodeaba. Cada vez que veía algo que no entendía me sentaba en el columpio de mi casa, en el sofá, en la piedra con forma de lagarto que hay bajo el árbol del amor o sobre las ramas de una falsa pimienta y meditaba durante horas la causa de aquello que había logrado despertar mi más pura curiosidad. No voy a mentir y decir que mis deducciones podrían haber sacado la vacuna definitiva contra el virus del SIDA, pero sí que llegué a conclusiones muy llamativas de las que aún hoy guardo tiernos recuerdos de inocencia y dulzura.

Era una chiquilla rara, lo sé y lo admito. Incluso por aquel entonces me di cuenta de que mis ansias de explorar el mundo; de subir montañas que me mostrasen en la cima; de valerme por mí misma; de sentir la libertad inundar cada poro de mi piel; de crear arte que conmoviese a esta dura sociedad en la que nos ha tocado vivir sin más armas que mis manos llenas de bolígrafos, lápices y pinceles; de llegar a poder vivir sola y destacar no sólo por ser o, mejor dicho, creerme hermosa, sino por mi labia y mi aptitudes de razonamiento; de poder encontrar a alguien que no estuviera obsesionado con una fachada y mirase en el interior de las personas... me di cuenta de que todo lo que yo deseaba no era lo propio para una niña de apenas seis años; me di cuenta de que mientras mis amigas pensaban en maquillarse yo miraba al cielo pensando en qué habría más allá o si Dios me estaría mirando en aquel momento; me di cuenta de que yo creía con todas mis fuerzas en la bondad y en la ternura mientras a mis iguales sólo les importaba si el chico que les gustaba les había sonreído. Me topé con que mis ansias de rasgarme la piel al escalar o atravesar un bosque no casaban con la realidad de las niñas que soñaban ser princesas; que siempre traté de mirar más allá mientras que ellas se centraban sólo en la obra que el mundo representaba ante sus ojos... me encontré con que yo quería tener cicatrices que hablasen de que había vivido y había disfrutado de todo lo que me había tocado, fuese bueno o malo, cuando lo normal hubiera sido que una parte dentro de mí pensase en que lo más práctico era quedarse encerrada en el castillo de mis recuerdos, deseos y soledad a la espera de que mi príncipe azul llegase un día y me reclamase como su esposa.<<

El móvil volvió a sonar alertándome de un nuevo mensaje en mi bandeja de entrada que casi parecía responder al que había estado ensayando escribirle al ya mencionado Caballero. Me decía que amaba a la chica de ojos azules, a la Doncella, y, aunque era algo que yo ya sabía, mi corazón se resintió y mis ojos volvieron a desbordarse dibujando otras dos silenciosas lágrimas en mi cara. Tomé aire con parsimonia, me acomodé de nuevo entre las sábanas y cerré los ojos aguardando con lentitud y paciencia infinitas a que mi labio inferior dejase de temblar para poder pensar de manera objetiva. Introduje el móvil bajo la almohada, suspiré, y mi mente voló de nuevo.

>> Apenas entré en primaria me percaté de otra cosa que me hacía única ya no sólo entre mis amistades, sino también entre mi familia: el deporte.

Era curioso que cada partícula, cada célula de mi cuerpo, vibrase hasta casi estallar en deseos de que llegase el día en el que tuviera la clase de gimnasia. Muy probablemente, de no ser por mi extrema timidez y mi conciencia de que el dinero no crecía de los árboles, le hubiera pedido a mis padres que me apuntasen a alguna actividad extraescolar en la que pudiera formar equipo con jóvenes de mi edad o desarrollar al menos alguna de mis capacidades físicas tal como la flexibilidad o la resistencia. Años más tarde cumpliría mi sueño, pero no hay que precipitarse en los hechos.

Fue en primaria, en esta EGB, que mi cuerpo terminó por formase delgado, ágil y dotado para esfuerzos físicos mientras que mi capacidad memorística empezaba a hacerse notar en mis primeros años de escolarización hasta tal punto que llegaron a creer que podría poseer un coeficiente intelectual ligeramente superior al de la media, aunque por suerte para mí todo se quedó en una mera sospecha. Recuerdo que mi asignatura favorita era "Conocimiento del medio" y la más odiada, "Lengua", ya por ese entonces, me costaba entender las matemáticas y pensaba que el inglés era demasiado monótono como para ser un idioma universal.

Por aquel entonces los niños desean ser mayores y, puede que por eso mismo, en los últimos cursos antes de saltar a la ESO comienzan a fijar sus miradas en sus compañeros de clase para ver cuál de ellos podría ser una buena pareja llegado el caso. Recuerdo que a mí particularmente no me llamaba la atención el chico más hablador, el más guapo o siquiera el más macarra; mi atención se la llevó un muchacho callado e inteligente que parecía ocultarse tras sus rojas gafas de metal y ser ajeno ante todo o casi todo lo que ocurría alrededor. A diferencia de mí, a él se le daban bien las matemáticas. Cuando dejamos atrás la escuela y nos enfrentamos al instituto, el chico que me cautivó cuando no era nadie comenzó a volverse popular entre las chicas por su disimulada musculatura, su cuerpo bien formado y su marcada inteligencia. Dejó de atraerme en aquel mismo momento.

Qué curioso que mi primer amor lo matase la sociedad.<<


Cuando creía que había conseguido vencer la tentación de tomar el móvil para responderle al último mensaje a mi amado Caballero; cuando creía haber vencido las ganas de escribirle un mensaje en el que le dijese, con esa pasional indiferencia que me caracteriza, que mis labios aún ardían desde el día en que él me besó, el maldito aparato volvió a sonar y me puso, una vez más, a prueba. Me dio un vuelco el corazón y bajé los párpados con fuerza antes de abrirlos ante esa conocida pantalla luminosa. ¿Otro mensaje suyo? ¿Otra consecución de líneas con las que hacerme llorar al sentir cómo la impotencia y la rabia invadía cada recoveco de mi corazón?

“Ni tengo necesidad ni voy a esconder mis sentimientos hacia ella, por lo que podría haber algún que otro roce”

Fruncí los labios hastiada, oculté mis orbes de nuevo, volví a introducir el móvil bajo mi almohada y me tumbé boca-arriba acomodando las mantas sobre mi pecho. Crucé el brazo derecho sobre el rostro de manera que ocultase mis por aquel entones brillantes ojos de los tímidos rayos de sol que apenas comenzaban a colarse por entre las rendijas de la persiana. Suspiré con desesperación al ver que la manga de mi pijama sobre mi cara no era capaz de retener mis lágrimas antes de que éstas se desbordasen.

- Cupido juega conmigo’ -me dije.


>> Mi segundo amor, o, digamos, el siguiente chico con el que más contacto tuve, llegó en mi primer año de instituto, con apenas 12 años. Aún sonrío al recordar aquel cariño inocente disfrazado de una amistad curiosa embozada con miedos inconfesados. Él, quien años más tarde se convertiría en mi Judas acompañante, era un muchacho repetidor que no cesaba de preguntarse qué era lo que quería hacer con su vida. Era bastante más alto que yo, con ojos marrones y el cabello oscuro y rizado, muy rizado. Aunque ya por aquel entonces no creía en la belleza, hay que decir que el joven no entraba en ninguno de los cánones por los cuales recibir el adjetivo de “guapo”: el acné poblaba su faz, su silueta era total y absolutamente carente de trabajada musculatura, nunca se le dio bien combinar los colores de la ropa y, a menudo, recibía algunos insultos ya no sólo por su curioso comportamiento en ocasiones propio de lo que la sociedad actual considera un demente, sino también por su inusitado interés en una de las chicas más problemáticas de la clase que, no obstante, por su cuerpo bien formado y su actitud más “abierta”, se coronó popular en poco tiempo.

Yo era un alfiler. Delgada, sin curvas, con el cabello recogido siempre en coleta y una expresión de alerta y desagrado dibujada siempre sobre mi frente. Fui alguien muy irascible ese curso, aunque imagino que es normal no querer convertirte en víctima de nuevo tras unos años sufriendo ‘bulling’ en primaria. Ignoro totalmente qué fue lo que aquel martes, a última hora, le hizo sentarse a mi lado durante aquella clase de alternativas a la religión y ofrecerme un chicle de menta; ni tampoco cómo terminamos hablando del denominado ‘Síndrome de Estocolmo’... pero fue sin duda ese gesto tan simple lo que hizo dar comienzo a una amistad que evolucionó en mi interior más rápido de lo que, ciertamente, habría deseado.

Él no era nadie, no destacaba por nada y no era alguien de quien mis alrededores hablasen de forma maravillosa, pero tenía algo... algo especial. Puede que fuera el hecho de que él fue la primera persona en creer que en mí había algo más que la ruda y borde fachada que me empeñaba en sacar a la luz cada vez que alguien amenazaba con entrar a formar parte de mi vida; puede que fuera la primera persona que miró en mis expresivos y apagados ojos; puede que fuera la primera persona que quiso perderse en mi sonrisa sin que nada más le importase... puede que fuera simplemente que alumbró aquellos días tan oscuros para mí con nada más que un paraguas de sonrisas con el que protegerme de la lluvia que me ahogaba... pero consiguió convertirse en la razón por la que levantarme cada mañana aun venciendo las ganas de derrumbar a patadas mi propio mundo, consiguió lo que nunca nadie hasta la fecha: ganar a mi orgullo.

Pero al sentimiento de este joven lo maté yo misma cuando, tras aquellas fatídicas navidades, alcancé a ver que ninguna persona con un corazón como el suyo merecía acabar consumiéndose por alguien tan mezquino como yo. Me dolió, me dolió muchísimo, pero nadie jamás lo supo; ¿cómo contarle a los demás que me había enamorado de mi Judas Acompañante, que había conseguido ver más allá de los comentarios de los demás y que, al ver lo que guardaba en su interior, me había sentido incapaz de tratarle como se merecía? Orgullo y sólo orgullo, ese fue mi segundo verdugo y mi único salvador.<<

Se acercaban las doce del medio día cuando el móvil sonó una vez más. ¿Mi Caballero? No, esa vez era mi Princesa, mi dulce y cariñosa Princesa que me respondía a la pregunta que la noche anterior le formulé acerca de si podíamos almorzar juntas. Sonreí con amargura:

‘Buenos días amour~~ Claro que puedes comer conmigo, por mí te puedes venir ya y todo’

La chica a la que protejo de los males me demostraba más cariño y afecto que la persona por cuyas sonrisas, problemas y besos me mantuve durante largas noches en vela.


-Fin del capítulo 01-

lunes, 20 de febrero de 2012

Prólogo: "Cuénteme la verdad"

Sed bienvenidos, queridos visitantes, al blog en el que pasaré a contar lo que ha sido mi vida desde que tengo memoria hasta mis últimas semanas. Para vosotros seré Moira, una chica aún joven de algún pueblo perdido en la pequeña inmensidad de Sevilla que ha decidido escribir para contar la locura y la novela de amor barata que es su vida.

Como todo el mundo, tengo mis razones para hacer lo que hago, y son tantas y variopintas como escueto y sencillo su resumen: me lo pidió un amigo.

Durante el transcurso de mis escritos voy a mencionar a muchas personas de mi alrededor adjudicándoles a cada uno de ellos un mote o un apelativo cariñoso para que, de esta forma, ellos se sepan reconocer en mis textos pero su identidad quede ligeramente oculta a ojos indiscretos. Por otro lado, me gustaría dejar claro que lo que voy a expresar en los días siguientes va a ser mi punto de vista y mi opinión sobre todo lo que me ha ido sucediendo desde que, un 20 de Julio de algún año, mis ojos vislumbrasen el mundo por vez primera.

Así que he aquí mis primeras palabras, he aquí mis primeras líneas y... sin más, paso a despedirme.




Ja nee~