domingo, 15 de abril de 2012

Capítulo 2: "Música y luces"

Me levanté de la cama, fui al baño y me eché agua fría en la cara en un vano intento de que de mis pálidas mejillas se borrasen las marcas de los sentimientos que, desde hacía ya varias horas, se desbordaban de mis ojos de manera totalmente involuntaria. Algunas gotas de aquel gélido líquido se deslizaron por mis oscuros cabellos confiriéndoles un curioso brillo al contraste con la mortecina luz que entraba por la ventana situada a mi espalda; pero yo no me detuve a contemplar el baile que esas incoloras partículas hacían sobre mis tirabuzones, pues cuando alcé la mirada para enfrentar los ojos que el espejo reflejaba, lo que vi fue a una joven con unas pronunciadas ojeras sobre su faz de enfermizo tono blanco que pretendía parecer vivaz con el simple hecho de portar un pijama de color rojizo sobre el que se dibujaban decenas de corazones en distintos tonos. Cerré los ojos, tomé la toalla con la mano izquierda y enterré en ella mi cara.


Corazones...



>> Al siguiente chico con el que estuve no le puedo definir exactamente como ‘mi tercer amor’ porque en ningún momento llegué a sentir nada especialmente intenso por él. No obstante, creo que mi Templario, aunque sea simplemente porque mi primer beso se lo di a él y porque me descubrió qué es lo que hay que sentir cuando mantienes una relación con alguien, merece una mínima mención.

Todo sucedió en mi segundo curso en el instituto, con 13 años. Había pasado de ser una chica arisca, que contestaba mal y que no soportaba tener el menor contacto físico con nadie a alguien totalmente opuesto a ello: social, cariñosa, alegre, bromista y sin el menor reparo de soltar mi melena al viento. Él, por su parte, era un joven que despertó en mí la más pura curiosidad por el halo de misterio que le envolvía así como por la incapacidad de saber, al contrario que con el resto de personas, qué pensaba o cuáles eran sus intenciones con tan sólo mirarle a los ojos. Debo admitir que en aquel entonces me sentí frustrada; al fin y al cabo ¿quién espera encontrar de la noche a la mañana a una persona de sexo opuesto al suyo propio y que, a excepción claro está de la educación recibida, tenga los mismos pensamientos y el mismo comportamiento que uno? ¿Qué chica espera encontrar a un muchacho de su misma altura, con el mismo color de ojos y de cabello, la misma soltura al hablar, los mismos gustos e incluso con la misma fecha de nacimiento?


Me resultó atractivo la primera vez que le vi. Su cuerpo delgado no marcaba una trabajada musculatura, y su cabello, rapado por la zona lateral de la cabeza y ligeramente más largo en la coronilla y la frente le daban un toque de guerrero seguro de sí mismo que me resultó casi irresistible. Por si fuese poco, el hecho de que me llevase dos años no hacía sino acrecentar ese ligero atractivo.


El día que nos besamos estábamos en su habitación. Yo sentada sobre su cama con la espalda recta por la tensión y los pies pegados al suelo, con una carta escrita por ordenador en mis manos mientras que remitente estaba tumbado en el colchón con la cabeza en mis piernas. Recuerdo que mis ojos recorrían una a una las líneas sin que las emociones que pretendían transmitir esas palabras penetrasen en mí lo más mínimo hasta el punto de que, cuando la terminé de leer, tan sólo pude pensar que todo aquello no era más que una de esas “cartas tipo” que circulan por Internet, y que lo único que había allí plenamente dedicado a mí era la última línea, la posdata:


“¿Cómo conseguiste llegar al nivel 99 en el Kingdom Hearts II?”


Sonreí con una amargura que se transformó en escepticismo. Acababa de averiguar que lo que ese muchacho buscaba en mí no era precisamente mi felicidad; acababa de descubrir que mi Templario no actuaba ni nunca actuaría, por altruismo. Mantuve la calma cuando hablé e incluso cuando me besó, pero si jugar era lo que quería, le demostraría cuán bien lo podía llegar a hacer una mujer.<<


Retiré la toalla de mi rostro y la volví a dejar en su sitio apenas un segundo antes de mirarme al espejo. Mis mejillas y mis labios habían adquirido algo de color y mi expresión, ahora más despejada, parecía la de alguien que, sabiéndose victorioso en el futuro, lucha desesperadamente contra el mundo que quiere asfixiarle. Me sonreí con picardía renovando levemente mi ánimo al tiempo que me erguía y me disponía a salir de la estancia dispuesta a preparar las cosas para pasar una noche de fiesta fuera de mi casa; y mientras doblaba la ropa y la introducía en la maleta decidí, no sin cierta ira y antes de dejar a mi mente ser esclava de todos mis recuerdos una vez más, que aunque lo más probable era que aquel día no le viera, no le besase, no le abrazase y no pudiese hablarle cara a cara, que mi Caballero con Vaqueros y Cadenas, por muy fuertes que fuesen mis sentimientos hacia él, no me volvería a arrancar una lágrima de desesperación.

Me quité el pijama y me puse ropa de calle. Salí de mi cuarto con el macuto colgado de un hombro.



>> Aquella extraña relación entre el Templario y yo no duró mucho. El 27 de marzo en el instituto, apenas una semana y un día después de nos besásemos en su habitación, se acercó hasta donde yo me encontraba y me apartó del grupo de amigos para hablarme. Fue delicado, hay que admitírselo. Puedo decir sin temor a equivocarme que ha sido el chico que más dulcemente me ha dejado y el que menos daño me ha hecho durante el tiempo que formamos el uno parte de la vida del otro, pero lo cierto es que cuando le escuché excusarse en su decisión diciendo que era porque creía que había estado durante 8 días jugando con mis sentimientos, no pude evitar que en mi interior resonase una carcajada y que mi orgullo se revelase ante esa realidad con un pensamiento tan fuerte que tuve que hacer un verdadero esfuerzo por contener aquellas mordaces palabras.

‘Nunca has podido jugar conmigo’

Sonreí comprensiva y le puse una mano en el hombro. Le alenté, le consolé diciendo que no pasaba nada y desvié la conversación hacia el punto que me interesaba: unos tomos manga que me estaba prestando. Aún recuerdo su rostro al ver, comprobar, que el jugador también forma parte del juego.

Puede que fuera mi primer acto cruel.<<


Llegué a casa de mi Princesa apenas una hora y media antes del almuerzo. Recuerdo que, tras saludar a su madre, para la que casi soy en estos días una hija más, subí las escaleras que conducían a su habitación y, tras llamar a la puerta, entré en el cuarto donde ella, todavía con el pijama puesto, aguardaba a mi llegada recostada en la cama aún sin hacer y con el portátil en las piernas. Sonreí al verla; parecía que por muchos días que transcurriesen, mi niña nunca cambiaría su manera informal y aniñada de recibirme... al igual que tampoco se alteraría jamás el color rosado de sus ropas de dormir. Extendió los brazos al verme e hizo a un lado el ordenador para que acudiese a abrazarla, avancé unos pasos, me descolgué la maleta dejándola a los pies del lecho y me acerqué hasta ella acudiendo a su llamada.

Tras unos besos y un par de risas con nuestras bromas habituales, centramos nuestra atención en la pantalla luminosa que tomaba forma ante nuestros ojos y a través de la cual pudimos encontrar algo de información acerca de las antiguas deidades griegas. Mi mente se quedó estancada en ‘Eros’, comúnmente conocido como ‘Cupido’.


>> El siguiente chico del que me enamoré era Mi Rey de lo Absurdo. Se trataba de un muchacho que me superaba por mucho en altura, de cabellos y ojos oscuros y complexión exquisitamente delgada. Era cuatro años mayor que yo y vivía a 500 kilómetros de distancia; recuerdo que la primera vez que hablé con él fue por Messenger en una conversación grupal en la que me introdujo una buena amiga el 10 de Junio. Todavía me sorprende que pudiera enamorarme de él apenas dos meses tras conocerle y sin haber tenido el placer de verle en persona; así como el hecho de que me convirtiese en su punto de apoyo hasta tal punto que le salvé, sin saberlo, de cometer suicidio.

Aunque tan sólo le tuve a lo largo de mi vida tres veces materialmente ante mí, todas las noches que pasé en vela hablando con él fueron suficientes como para que pudiera llegar a conocerle mejor que él mismo y como para que forjásemos un vínculo entre ambos que, creíamos, jamás nos separaría. Cada noche aguardaba delante del ordenador o miraba la pantalla del móvil esperando noticias suyas hasta que el sueño me invadía y mis ojos me exigían descanso... pero yo era joven y él mayor; yo una ilusa realista y dispuesta a todo y él un soñador demasiado bohemio y atado a sus malestares físicos y mentales; yo una niña con el corazón y la inocencia intactos, y él un joven torturado por los sentimientos y una familia puntualmente desestructurada. Fue él quien me enseñó la diferencia entre querer y amar dándome el mejor ejemplo y experiencia posibles: mis sentimientos hacia él.<<



No tardamos en bajar a almorzar cuando nos llamaron. Las risas nos habrían el apetito y éste, por suerte o por desgracia, no se saciaba con facilidad. Mi memoria no es tan buena como para llegar a recordar qué fue lo que llenó mi estómago aquel día o siquiera si tenía algún tipo de salsa que hiciese enloquecer de gusto al paladar; aunque sí puedo asegurar que, como todos los platos que la madre de mi Princesa prepara, la comida quemaba, y mucho. No obstante, cuando ese magma volcánico ya estaba asentándose en nuestro interior, optamos por quedarnos en la planta baja, sentadas las dos en un solo sillón de una plaza, a ver una película de hace unos treinta años en las que las típicas alumnas americanas y populares viven sus años de instituto tratando de sobrevivir a las hormonas.


No pude evitar volver a sumergirme en mis tantísimos recuerdos cuando un muchacho que en primera instancia se mostraba alegre, jovial, comprensivo y con buen fondo se mostró ante la cámara y ante una de las protagonistas tal como era: una persona fría y manipuladora a quien tan sólo le interesaba él mismo.


Sonreí de medio lado. Demasiadas personas iguales hay en este mundo.



>> No pude olvidar a mi Rey de lo Absurdo en mucho tiempo, podría decir incluso que jamás llegué a olvidarle y que tan sólo me limité a aprender a vivir con menos incluso de lo que en la desmesurada distancia entre ambos existente podía ofrecerme. Aun así debo decir, no del todo orgullosa, que me llevó dos intentos y una larga cuesta abajo aprender esa lección.

El primero de mis intentos fue otro chico, Platón, que bien podría definirse sin meter demasiado la pata como "marginal". Era un joven que casi alcanzaba los dos metros de altura, de ojos color miel claro con algunos toques azulados y complexión muy delgada al tiempo que levemente fibrosa. Tenía el cabello corto aunque no demasiado, las orejas ligeramente separadas del casco más de lo debido y los dientes sucios y torcidos. No consigo recordar salvo un par de particularidades de su físico tales como que sus manos eran muy grandes y que la punta de sus dedos estaba aplanada, como si la uña ejerciese mucho peso sobre la piel. No era no obstante un hombre feo... como se suele decir, era un chico del montón; de la parte de abajo, pero del montón al fin y al cabo.

Emocionalmente hay que decir que era un chico muy débil. Su madre le había dado a luz siendo adolescente y el padre se había desentendido de él. Tenía, creo recordar, una hermana un año menor que yo que era el fruto del posterior matrimonio que contrajo, y probablemente había sido esto, junto con el hecho de que casi rozando las dos décadas no había tenido nunca pareja, lo que le terminó por definir como alguien irascible, celoso, arrogante, prepotente, lascivo y alguien a quien, además, le costaba entender los sentimientos ajenos. Lo pasé realmente mal con él en los casi tres meses que estuvimos juntos, ya que no sólo tenía que soportar la presión constante que sus celos ejercían sobre mí, sino que, casi por consecuente, terminé por distanciarme de los amigos que durante tanto tiempo habían hecho suyos mis problemas.

Me sorprende haber podido aguantar durante 90 días la tortura que era su compañía; me sorprende haber dado dos oportunidades a alguien que quiso cortar lazos conmigo el día gris en que le dije que me dolía la cabeza y él no oyó mi voz; a alguien que quiso tomar por la fuerza el monopolio de mi tiempo libre... a alguien a quien le importaba tan poquísimo yo y mi estado anímico que, aunque le lloré y le expliqué cómo me sentía, jamás oyó mis palabras hasta el punto de que casi...<<

Cerré los ojos con fuerza contra el pecho de mi amiga y di una honda inspiración antes de dejar la mente en blanco apenas el tiempo suficiente como para borrar aquel recuerdo y que el corazón de mi Princesa me alumbrase de nuevo con su calidez e inocencia. Subí los párpados y continué viendo la película apenas hasta que decidimos subir al piso superior para cambiarnos de ropa con la que asistir a la fiesta.

Miré el móvil antes de dejarlo sobre su mesilla de noche y desviarme para sacar mi ropa de la maleta. Mi Caballero con Vaqueros y Cadenas no había vuelto a dar noticias de seguir con vida o siquiera de estar planteándose ir o no ir conmigo al lugar anteriormente mencionado. Intenté ocultar mi tristeza con risas y creo que en cierto modo lo conseguí... aunque la incertidumbre y la ilusión fueron imposibles de erradicar.


            Aun hoy no deja de parecerme curiosa esa habladuría de que, en cuanto al amor, son los chicos los que han de hacerlo todo y las chicas las que se dejan hacer... Aunque tampoco puedo decir que mi vida haya sido normal nunca.



>> Puedo decir sin temor a equivocarme que mi relación con Platón fue la más penosa de cuantas he visto y en cuantas he participado. Puede que fuese por una infancia traumática, pero eso, sumado al hecho de que nos veíamos todos los días en el instituto y a que tenía vehículo propio, lo convirtieron en un sepulcro de acero para mi alma juvenil. Su forma de celarme hacía que darle un abrazo y dos besos a mis amigos me costase largas discusiones con él, que no pudiera salir sola de mi casa si no era en su compañía y que tenía que hacer a un lado todo cuanto me era menester para atender sus necesidades, sus lascivas necesidades.

            Por eso fue que, para cuando pretendió ser la jaula donde encerrarme y romperme las alas bajo la amenaza de cortar nuestra relación, fui yo quien decidió desprenderse.

            Todo comenzó en un día de invierno, allá por finales de febrero o principios de marzo, en los que tras pasar una tarde con una amiga y en su ausencia por mi pueblo, volví a casa al recibir una bronca vía móvil de mi padre. Mis ánimos ya estaban lo suficientemente caldeados al cruzar la cancela, y me fue imposible contenerlos cuando recibí un sms que versaba algo como esto:

            'Me he encontrado con el Escudero y me ha dicho que has bajado al pueblo. ¿Por qué no me has avisado? ¿Cuándo hay tiempo para tu novio?'

 No podía creer lo que leía. Llevaba tres meses sin salir con mis amigos, sin verles fuera del instituto y sin abrazarles ni besarles agusto porque él no me dejaba. Me las veía putas para estudiar porque él monopolizaba mis tardes y hasta me venía a ver en cada intercambio de clase para ver que no le mentí sobre mi horario... ¿y me decía que no le dedicaba tiempo, que no le prestaba atención? No podía soportar tales insolencias... y no lo hice.<<

            Cuando nos vestimos y estuvimos listas para salir, tarde como siempre, nos reunimos con otra chica, Palpatin, que aguardaba a nuestra llegada en una plaza cercana. Con piropos que nos hicieron reír al pasar, recorrimos un buen trecho cuando me di cuenta que había olvidado algo. Pidiéndole las llaves a mi Princesa y bajo la promesa de encontrarnos en la fiesta, me volví sobre mis pasos deshaciendo el camino que acababa de recorrer hasta llegar a su casa.

Tras intercambiar un par de risas con su madre y una vez hube dejado y recogido lo que necesitaba llevar conmigo, volví de nuevo a las calles adoquinadas maldiciendo al constructor de las mismas por no hacerlas más propicias para caminar con tacones... aunque tampoco podía quejarme, pues de no ser por mi Princesa lo más probable era que hubiera tenido que ir al lugar en botines. Sonreí. Mi niña me salvaba el culo hasta en las ocasiones más raras y de la forma más original.

Me detuve un momento en seco, mantuve el equilibrio el tiempo suficiente como para ajustarme el bajo de una de las perneras de los vaqueros de pitillo  y volví a emprender la marcha empujando con suavidad el pequeño bolso que llevaba conmigo hacia la espalda de manera que molestase lo menos posible al balanceo de mis brazos al caminar. Casi de manera instintiva dirigí la zurda hacia el bolsillo de mis pantalones que se encontraba en esa zona y extraje el móvil con cuidado haciéndolo girar sobre mi palma para verlo bien. Recuerdo que dudé un segundo antes de pulsar el botón central del mismo para que la pantalla se iluminase y comprobar así, no sin tomar aire con resignación, que mi Caballero con Vaqueros y Cadenas seguía sin dar señales de vida a pesar de lo prometido.

Llegué a la fiesta con el ánimo algo caído apenas saludando con un par de besos al organizador de todo aquello, con el que intercambié una serie de palabras en la más escrupulosa de las confidencias sobre la situación que se estaba viviendo dentro. Gluttony no estaba contento con el resultado, pues al parecer varias personas les habían dejado en la estacada y tendría que acarrear con más gastos de los previstos, pero aun así trataba de mantener el ánimo, y puede que fuera esto, sumado a que yo ya estaba emocionalmente sensible, que no pude sino agradecerle internamente que no necesitase de mi consuelo como amiga y confidente. Así, con apenas un par de preguntas más, me detuve frente a la puerta de la discoteca, cerrando los ojos y llenando de aire mis pulmones al tiempo que dirigía mis gélidas manos hacia ambos picaportes.

Debo reconocer que me sentí pletórica cuando entré. Empujé ambas puertas al unísono de forma que mi silueta pudiese avanzar por el centro sin problemas,  y si a esa glamurosa y bien calculada entrada le sumamos el hecho de que todos los ojos del interior se desviaron hacia mi cuerpo, enfundado en unos vaqueros ajustados y un chaleco azul, podemos hacernos a la idea de la atención que había posada sobre mí en aquel momento. No me cabe la duda de que algunos me mirarían con desdén, otros con curiosidad y otros simplemente aguardando que me acercase para saludar; pero si no hubiera habido música en aquel momento, el sonido de mis botas de tacón se había oído en todo el local. Habría sido una situación incómoda, muy incómoda… pero, una vez más, mi Princesa vino a salvarme.

Apenas tras mandarle a mis dedos la orden precisa para que soltasen los picaportes y a mi cuello el mandato de que virase buscando junto a mis ojos a algún conocido, me encontré sosteniendo en brazos a la chica con la que dormiría aquella noche, que se había arrojado contra ellos como si fuese la primera vez que me en varios años. Tras el abrazo la besé y me deshice tanto de mi elegante abrigo negro y plateado como del bolso donde llevaba… bueno, todas esas cosas que las chicas necesitan.

Bromeando y saludando a todos aquellos que conocía, me quedé petrificada al toparme con unos enormes ojos verdes enmarcados por unas pestañas de vértigo que hizo a mi mente retroceder para terminar con la historia que había dejado a medias.


>>Al día siguiente de aquella discusión por sms, huí de mi pueblo.

No es que fuera una fuga en toda regla, pues lo cierto es que fui a ver a mi tío, pero tampoco puedo negar que no utilizase aquella deseada visita como la vía de escape que necesitaba para evadirme de la miseria que era mi vida a su lado. Así, durante las dos horas que duró el viaje de ida y el de vuelta, pude perderme en los estridentes gritos y solos de guitarras eléctricas que llegaban a mis oídos desde mi móvil gracias a los auriculares. Pensé que quién era él para cercenar mi libertar o anteponer su libido a mis necesidades, que quién era para privarme de mis amistades, controlar mi vida o enjaularme para que mis ojos sólo se encontrasen con él como estrella guía, como fatal estrella guía.

Aquella mañana de sábado me levanté con los cables cruzados. Sólo deseaba ver y pasar ese sábado de tantos que recorrerán mi vida con los que conforman mi familia y, el día siguiente, dedicarlo a una amistad, la Voluble,  que se había deshecho en lágrimas el día anterior, cuando la llamé con intención de dar una vuelta con ella. Podrían rondar las once de la mañana cuando el teléfono fijo de mi casa comenzó a romper el silencio del salón una vez tras otra encontrándose al otro lado de la línea siempre la misma persona: Platón.

 Ignoro cuántas veces descolgué para hablar con él, cuantas veces me colgó o incluso lo que pasaba por su cabeza en aquellos momentos; lo único que sé, era que quería apartarme de los que me amaban, que me pasase otro día de mi vida, otras horas, aguantando sus repugnantes labios cuando buscaban los míos y huyendo de sus manos cuando éstas se encontraban con mi cuerpo. Puede que sólo tuviese catorce años, pero tenía muy claro que no me iba a subyugar a su placer personal.

Le hablaba, explicaba, chillaba y colgaba; cada vez con una línea de paciencia más borrosa que antes que con él tenía otras obligaciones para con aquellos que me rodeaban. Llegó un punto en el que incluso mi hermana mayor le habló desde el teléfono pidiéndole que dejase de llamar porque yo no quería hablar con él ni recibir noticias suyas. Recuerdo perfectamente cómo yo, en mi habitación, intentaba extender las sábanas de mi cama cuando, tras esa intervención de mi consanguínea, el sonido del maldito aparato recorrió los pasillos de mi hogar hasta reventarme los tímpanos… por última vez. Aporreé el colchón de mi propia cama con tanta fuerza que me dañé los nudillos, y salí de mi cuarto hecha un completo basilisco, e incluso mi propia madre retrocedió un paso acongojada por la furia que mis ojos expedían. No la vi, pero supe, por su tono de voz, que su faz había palidecido al contemplar la mía.

La conversación, a gritos, se puede resumir en que continuaba insistiendo en monopolizar mi día de descanso y yo me resistía con una fuerza que nunca creí poseer. Ahora que los años han pasado y puedo observarlo con algo más de objetividad, me veo a mí misma como a un caimán que se retuerce entre los brazos de un furtivo hasta que se suelta de las cuerdas y consigue morderle y arrancar sus miembros de cuajo. En última instancia, me mandó a tomar por culo en un alarde de la prepotencia que latía en su interior y yo, jacobina hasta la muerte, no fui menos, y tras contestarle con lo propio colgué, esta vez sí, por última vez.

Miré el aparato que se recortaba contra la palma de mi mano un momento antes de dejarlo sobre la mesa. Mi pecho subía y bajaba con energía por la emoción y el esfuerzo, y para cuando mi progenitora y mi hermana aparecieron en el umbral del salón, no pude sino sonreírles y decirles que ya no iba a llamar más.

Probablemente, si me hubiera entretenido en paladear esa sensación pegajosa que me subía desde la garganta, habría podido averiguar que la victoria no siempre es amarga, y que, cuando va acompañada de libertad, parece auténtica ambrosía.<<


Por un segundo me pareció que aquellos ojos verde-azulados se movían a cámara lenta, y que su orgulloso portador parecía sentirse agradado con mi estado de hipnotismo. Yo ya le conocía, al igual que él a mí, pero nunca nos habíamos detenido a hablar más de lo necesario, o siquiera habíamos intercambiado más palabras de las necesarias… pero esa noche cambió todo. No puedo decir que fuera el alcohol, porque no bebí más que refrescos en aquella triste discoteca, pero quizás las ganas de olvidar a mi Caballero con Vaqueros y Cadenas hicieron de mí una joven más alocada que de costumbre, que, no obstante, quiso buscar una última excusa para liberar todo lo que llevaba unos meses guardando.

Salí al exterior sin plantearme que había a quienes no había saludado, y tras un dulce abrazo de la gélida brisa que consiguió erizarme la piel y arrebatarme la temperatura de las manos, extraje una vez más el móvil mientras miraba a un horizonte plagado de edificios y árboles, de personas; un horizonte en el que se oían los trenes de la estación, pero también los chillidos de los niños jugando en un parque cercano; un horizonte lleno de calles empedradas y callejones sin salida; un horizonte, al final del cual estaba el dueño de mis desvelos. Busqué su número en la agenda, y tras desviar un segundo los ojos a mis zapatos me puse a pasear nerviosa de un lado para otro contando los pitidos… hasta que éstos se detuvieron.

He de admitir que me costó reaccionar, pues una parte de mí pensaba que, al igual que la promesa que me había hecho, se había olvidado del móvil en algún lugar. Su voz sonaba triste cuando respondió, y su tono no mejoró a pesar de volver a invitarle a asistir incluso corriendo yo con los gastos, de decirle que la Doncella no iba a asistir o que ni el Fantasma iba a acudir tampoco. Ante las negativas me despedí y colgué. Sentía la rabia quemándome los ojos y la impotencia apoderándose de mi expresión; pero me bastó bajar los párpados, suspirar y colocar una mano sobre la fría baranda de piedra que tenía ante mí para recobrar la calma. Volví al interior del local como si nada hubiera sucedido.

Había cumplido la promesa de no derramar más lágrimas, y pensaba cumplir otra: la de olvidarme de alguien que sentía demasiado consumido en su propia desdicha como para tomar la mano de quien pretendía ayudarle a caminar de nuevo; y, sin más, dejé a un lado el sentido del ridículo y la vergüenza que siempre me habían acompañado para hacer mía la pista de baile.





-Fin del capítulo 02-

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