martes, 26 de agosto de 2014

Capítulo 6. Reflejos en el hielo

        No tenía lo que se dice mucha ilusión en que el tiempo transcurriese. A pesar de haber acudido a ella buscando que me echara un cable, nunca había tenido muy buena relación con Jaelous, todo sea dicho. Ella siempre había creído que yo quería quitarle al novio a pesar de que, no sólo el Verdugo nunca me atrajo, sino que además fui yo la que le convenció para que intentara algo con ella. Un experimento que salió mal porque empezaron a salir juntos; porque ahora mi relación con la muchacha era un maldito yoyo y porque de ser como un hermano, él había pasado a ser un completo desconocido para mí… Aunque eso pertenece a otra historia distinta.

                Lo que peor llevé de todo aquel día, fue quizá el tener que vestir a mi Princesa. Y por vestir no me refiero sólo a elegirle la ropa, sino a quitarle el pijama, ponerle la ropa de calle y abrocharle hasta los zapatos. Todo para que, al bajar a la calle al encuentro con Jaelous, la susodicha me dedique esa expresión de cotilleo que me sienta como una patada en el estómago. Era una hora prudencial para el mes de febrero, pues aunque hacía frío, el sol brillaba entre las blancas nubes invernales. Tomé aire con lentitud renovando el aire de mis pulmones para introducir poco después las manos en los bolsillos y mirar mis propios pies para evitar tropezar. Dejándolas charlar, tuve tiempo de perderme en mis propios recuerdos mientras deambulábamos por la calle entre adoquines, coches y transeúntes.


                >>Después de aquella partida, cuyo ganador no recuerdo, continuamos caminando de aquí para allá hasta ir a parar a un parque. El Pirata y yo no teníamos tanta relación como para estar charlando todo el camino, o, mejor dicho, no tanta como para que yo hablase, porque él charlaba hasta por los codos, pero la sola idea de acercarme a la patética pareja que formaban la Whore y el Duque se me hacía tan insoportable que no abrí en ningún momento la boca para quejarme al respecto. Pero cuando llegamos a aquella enorme colina enmoquetada por un césped perfecto, me dejé caer a la sombra sobre la hierba, coloqué ambas manos bajo mi nuca y cerré los ojos imaginándome en cualquier otro lugar que no fuese en el que me encontraba en aquel momento.

                No sé cuánto tiempo pasé en aquella posición; sólo que el tacto de las hormigas correteando por mis dedos y el suave rugido que el viento arrancaba de las hojas de los árboles, me hizo sentir pequeña y provocó que todos mis problemas desaparecieran. Todos menos uno, al que se oía por encima de aquel siseo arborícola y del graznido de los patos. En alguna ocasión, incluso los integrantes de la feliz pareja, en plena efervescencia hormonal, rodaron y rodaron… hasta golpearnos al Pirata y a mí, que casi conciliábamos el sueño al amparo de tan increíble belleza natural y tan agradable brisa primaveral. Como fuere, quedaba menos para irme, pero como si esto no fuera suficiente razón como para dar gracias al cielo, aparecieron nuevos amigos del Pirata y del Duque, algunos ya conocidos por la Whore, que nos permitieron al primer mencionado y a mí descansar de tanta descarga de lascivas intenciones al aire que teníamos que respirar todos.

                En concreto recuerdo que había un joven en aquel nuevo grupo, que, si bien no me llamó para nada la atención, yo sí llamé la suya. Le llamaremos… Perlán. Tenía el cabello corto y oscuro, peinado de tal forma que levantaba el flequillo con gomina. Sus labios eran gentiles, delicados y sonrosados, manos grandes y espalda ancha. Más alto que yo, al menos por una cabeza, de mirada astuta, cejas bien perfiladas y un curioso lunar entre estas. A pesar de que le sobraban unos cuantos kilos, tenía una bonita silueta. No hablé mucho con él, que no hacía sino chincharme para que le prestase atención. Recuerdo que, en uno de mis desesperados intentos por tener unos segundos para mí, me encaminé hacia un parque para niños, donde una telaraña de al menos 5 metros de altura cobraba forma.

                No he vuelto a ir, pero recuerdo perfectamente el crujido de las piedras bajo mis zapatos, el rojo intenso de la cuerda y el tacto áspero de la misma en mis dedos. Recuerdo que los vaqueros me impedían moverme con toda la libertad que deseaba, pero también que ello no me importaba lo más mínimo. El ocaso empezaba a caer, y si quería ver una hermosa puesta de sol desde aquella altura, debía apresurarme. Los demás integrantes del grupo, obligados a parecer personas enrolladas, se acercaban a aquella construcción para tumbarse sobre las cuerdas y charlar mientras miraban el móvil. Ajena a todo esto, yo continué ascendiendo, descolgándome en ocasiones cabeza abajo, para charlar con los demás y reírme de su miedo, luego ayudaba a algunos a subir a zonas más altas y entonces y sólo entonces, volvía a mis asuntos.

                Lo que jamás se borrará de mi memoria, fue el momento en el que, encontrándome en la cima de la telaraña con el cuerpo inclinado hacia el frente y en pie sobre las cuerdas, me deleité con los juegos de colores que el sol del atardecer hacía con las nubes y los dibujos que se formaban sobre las copas de los árboles conforme el astro rey iba descendiendo. En ese preciso momento en el que el día y la noche parecen solaparse y aun con el sol fuera empiezan a intuirse algunas estrellas, desvié la mirada hacia mi izquierda apenas tras percibir un ligero ruido y un vaivén en las cuerdas. Allí estaba él, Perlán, con los nudillos blancos por la fuerza con la que se agarraba pero con la cabeza alzada y su mirada posada enteramente en mí y en mi figura bañada por la luz del anochecer. Le mantuve la mirada; jamás me ha gustado bajar la cabeza ante nadie… pero lo que me hizo fruncir el ceño no fue sentirme retada sino aquel extraño brillo en los ojos de él.

                “Como una estrella” –pensé luego- “Me miraba como a una estrella. Hermosa e inalcanzable”<<


                Inalcanzable… así era como había definido yo a mi Caballero con Vaqueros y Cadenas cuando alguien me había preguntado al respecto. Inalcanzable… y sin embargo, unos días antes, había sentido sus labios contra los míos. Labios que ahora presionaba contra la cañita tras haber estado un rato mareando los hielos del refresco, escuchando una gilipollez tras otra. Alcé la vista cuando oí mi nombre, e hice un gesto con la mano acompañado de una negativa con la cabeza para indicar que mis pocas ganas de dialogar nada tenían que ver con que sufriera mal de amores. En realidad, sí, pero no por quienes ellas creían. Tomé aire. Tras un rato recorriéndonos las calles empedradas del pueblo habíamos terminado en el bar de los padres de Jaelous para tomarnos algo. Me había cansado de oír hablar del Rockero y de escuchar batallitas de cuando eran niños; pero aquella tortura era un paso necesario si quería tener una conversación seria con él. Como fuese, cuando ya no había en nuestros vasos más que lo que una vez fueron hielos, Jaelous consiguió que me pronunciara por primera vez en un rato, y es que sugería que, si él no hablaba conmigo, fuese yo a su casa para coger al toro por los cuernos. Negué una vez con la cabeza exponiéndoles la excusa que él me había puesto… a lo que me sorprendí viendo cómo ella se encogía de hombros. Incluso se ofreció a llevarme a su casa cuando agoté mi segunda excusa de no saber dónde vivía.

                Y no me pregunten cómo acabé participando en aquella idea de acosadora, pero acabamos las tres, en pleno domingo, frente al bloque de pisos en el que, según Jaelous, vivía el Rockero. Yo no dejaba de murmurar que lo dejásemos tranquilo, pero cuando escuché su voz a través del portero, lo único que acerté a hacer fue meterme en el portal y apoyarme contra la pared para que no me viera si se asomaba al balcón. ¿Cómo se me había ocurrido darles libertad de actuación a dos chicas de la Generación del 95? Noté el corazón en la garganta cuando él le preguntó si venía o no sola, y más aún cuando ella le mintió, pero disimulé un suspiro de alivio cuando denegó amablemente su petición de bajar y le dijo lo que yo ya le había estado repitiendo hasta la saciedad, que tenía que estudiar.

                Horas más tarde, cuando llegué a mi casa y me molesté en encender el ordenador por si encontraba por algún lugar a mi Caballero con Vaqueros y Cadenas, el Rockero me abrió conversación para sugerirme vernos el miércoles.  Enarqué una ceja. Eso no me lo esperaba.


                A pesar de todo, acepté.


-Fin del capítulo 06-

martes, 22 de julio de 2014

Capítulo 5: Una delgada línea

¿Conocen a esas personas que se enrollan hablando con cualquier cosa? Jealous era así. Me llevó largo rato darle un par de rodeos para hacer que se terminase auto-convenciendo de que debía mediar entre el Rockero y yo para que, al menos, pudiésemos entablar una conversación antes de que llegase el fin de semana siguiente y volviera a buscarme, a cuya llamada empezaba a plantearme si acudir o no. Puede que os estéis preguntando por qué saqué a relucir en aquel momento mi vena manipuladora y mareé a la susodicha para que terminase haciendo lo que quería, pero todo tiene una explicación; una buena explicación… creo. El Rockero me evitaba.

No es que fuera nuevo para mí que ciertas personas me evitasen, más aún, que ese chico con el que apenas había hablado, me evitase; pero por mera cortesía, no le comes la boca a alguien de quien luego te escondes. Llamadme anticuada.

Había pasado toda la mañana intentando tener una charla con él lo más natural posible… No sé, un “hola qué tal”, un “¿Cómo dormiste?”… Un “¿Por qué te lanzaste contra mí como un misil tierra-aire?”. Ese tipo de cosas… pero lo máximo que conseguí fue una charla de besugo en el que reírse y las evasivas, cuando respondía, fueron las respuestas más frecuentes por su parte, ¿y sabéis lo peor? Que ahora tenía dos problemas, el rayarme yo sola con lo que había pasado… y él, que para ciertos temas parecía necesitar un logopeda. Por eso fue que cuando conseguí que Jealous mediara entre ambos vi, no el cielo abierto, pero sí una nube menos oscura que las demás.


>>Mi relación con mi Rey de lo Absurdo no fue más allá, al menos, no por aquellos tiempos. Aún quedaban unos meses para que cumpliera los 15, y como buena adolescente después de haber pasado 3 meses encerrada en casa gracias a un error como lo fue Platón, empecé a salir más frecuentemente, conociendo gente nueva y haciendo esas amistades efímeras que en momento de ser forjadas parecen irrompibles. Volví a sonreír, volví a mantener contacto físico con los demás y dejé que la brisa cálida de la primavera que acaba de llegar y que se siente dispuesta a arrastrar al verano, me rodease y transmitiese a los demás ese toque bohemio entremezclado con pinceladas de espíritu libre que comenzaban a caracterizarme como persona.

Resultaba irresistible y yo lo sabía. Igual que sabía que a Platón le molestaba que fuera feliz con otras personas y me esforzaba por reír más frecuentemente y más alto que en cualquier otro momento cuando él pasaba por la calle en la que me encontraba con mis amigos. No tardó mucho, a decir verdad, en fijarse en mí el que sería mi próximo ligue. Y digo “ligue” y no “amor” porque aunque le llegué a coger cariño no fue una persona que supiera hacerse querer. Más bien fue… una relación transitoria a otro momento de mi vida. Como cuando terminas de comer y mientras meriendas y no, te tomas un café, ¿sabéis a lo que me refiero?

 Todo sucedió uno de tantos días en los que he ido a Sevilla capital para echar el día. Había pasado buena parte de la mañana con el Duque, con la Whore y con el Pirata, y tras ver el espectáculo tan lamentable que formaban los dos primeros de pareja (el flaco y la gorda), hubiera sopesado la idea de irme antes si no fuera por el tercero, cuya compañía me alentaba al hacerme sentir el calor del sentido común. Me quedé, resignada, ilusionada, desganada… era una combinación extraña, pero me quedé; me quedé para poder contemplar una escena cuya razón de ser (no sé si por edad, porque se había contagiado del espíritu de la generación del 95 o porque simplemente era gilipollas) aun hoy me causa vergüenza ajena. Yo aún no sabía que el Duque tenía familia catalana, y aunque no me gusta generalizar ni colocar etiquetas, de todos es sabida que éstos tienen fama de ser algo tacaños, ¿verdad?

Pues os puedo prometer y os prometo… que jamás vi a nadie volcar una mesa de un bar encima de un amigo al que, para más inri, le gritó, por 20 sucios céntimos de euro. <<


Si he de ser totalmente sincera, la verdad es que, además de la, sarcásticamente hablando, enorme labia que demostraba el Rockero, me asombraba hasta el punto de resultarme inconcebible su capacidad para vivir en un mundo paralelo a la realidad en el que las cosas sucedían de otra manera. Os explico. Estuve chateando un rato con él, hasta ahí todo normal… el problema vino cuando me dijo que había sido yo la que le había besado. Ya, claro, y le cogí también en brazos y caminé sobre el aire hasta dejarle sano y salvo en el balcón de su casa, por supuesto.

Y quizá fuera curiosidad, estupidez, ganas de olvidarme de mi Caballero con Vaqueros y Cadenas o todo a la vez, pero opté, en lugar de mandarle a tomar viento, en sugerirle amablemente sobre quedar y tomarnos algo. La respuesta que obtuve fue una negativa, y se excusaba en que tenía que estudiar. ¿Sería verdad o era porque, como a otros tantos, le intimidaba? En realidad pronto lo averiguaría: Si algo bueno tienen las amigas de la infancia con las que te llevas bien y que son de la Generación del 95 es que en seguida se hacen ilusiones porque las cosas entre dos salgan bien, y empiezan a fantasear con una utopía cuyo cielo surca un arcoíris en el que todos vamos cogidos de la mano y hacemos ese tipo de actividades juntos que tanto les gustan a las niñas… Y Jaelous, es así.

No me importaba lo que ella se imaginase, y, en realidad, tampoco creía que fuera a cumplirse siquiera mínimamente, pero, ¿por qué no dejarla soñar? Le fui diciendo algunas cosas, haciéndome ligeramente la tímida en otras y poniendo emoticonos, imprescindible cuando hablas con niños. Cuando nuestra conversación terminó, sonreí orgullosa ante el trabajo bien hecho. Esa misma tarde iríamos a tomarnos algo ella, la Princesa, y yo.


>>¿Habéis jugado alguna vez a las cartas Magic? Tras almorzar nos sentamos en un banco de piedra de estos que hay perdidos por Sevilla Este que no tienen respaldo, y los chicos sacaron sus respectivos mazos. Whore se puso con su recién adquirido novio, sentada delante del panfleto que representaba el campo de batalla con el que pretendían enseñarnos a jugar a nosotras. Ella, se sentó a horcajadas frente a mí, situada de la misma manera, y los chicos tras nosotras. Barajamos, partimos, y tomamos las 7 primeras carta. Nada complicado hasta ahí.

El Pirata me llamó con suavidad, y yo me volví de medio lado para mirarle. A pesar de que estaba sentado tras de mí había entre ambos una distancia prudencial que agradecí. Tampoco era de los que se pegaban, lo que también me agradó en gran medida. Tenía el codo izquierdo apoyado sobre el muslo correspondiente, y sostenía en esa mano las cartas para que yo las viera. Las fue separando por tipos y me fue explicando cómo se usaban, los efectos que tenían, el pago… ese tipo de cosas que todo novato debe saber. Fui asintiendo con lentitud, asimilando en completo silencio lo que me iba contando mientas me recogía el pelo a un lado para evitar molestias. Sin embargo, cuando él terminó su perorata y alzamos la mirada hacia nuestros oponentes, nos la encontramos a ella reclinada hacia detrás, con la espalda apoyada en el pecho de él y metiéndole la lengua en la boca como si no hubiera mañana.

¿Lo cómico? Les llamamos y nos ignoraron. Nos miramos un segundo, yo hice una mueca con los labios en tono de desaprobación y él, por toda respuesta, suspiró y agachó la mirada mientras negaba con la cabeza. Luego cogió con los dedos índice y corazón de la zurda una pequeña bolsita de tela verde oscura anudada con un cordel amarillo que contenía los contadores del juego (piedrecillas de estas brillantes de colores), la balanceó con maestría en su mano y la lanzó contra la parejita feliz con un elegante movimiento, dándole a ambos a la vez a la altura de la cintura.<<


Aquel medio día hablé en tono distendido y despreocupado con mi Princesa. Le saqué el tema de la fiesta como quien no quiere la cosa hasta que finalmente la conversación terminó derivando, no sé si por suerte o por desgracia, en el… eh… contacto, que habíamos estado manteniendo el Rockero y yo todo el rato. Me encogí de hombros para quitarle importancia y di mi versión de lo ocurrido. Cuando me quedé callada, ella supo que había pasado algo, y musitó la pregunta que yo no había querido escuchar mientras levantaba cejas.

Me recliné en el cojín que había colocado en el suelo y le comenté lo ocurrido mientras miraba por la ventana. Cuando terminé, tenía esa mirada y esa media sonrisa desbordante de felicidad que tienen todas las mujeres cuando les cuentas algo “bueno” de una amiga que no les concierne en realidad. Nunca lo he entendido. En realidad él no me gustaba, ¿por qué se hacía más ilusiones que yo?

Con disimulo, miré el móvil. No sabía por qué lo hacía y conocía de sobra la respuesta que encontraría, además, ¿qué debía haber esperado tras toda una noche sin noticias? Mi Caballero con Vaqueros y Cadenas… cuánto extrañaba su voz y su perfume.





-Fin del capítulo 05-

jueves, 3 de julio de 2014

Capítulo 4: ¿Una taza o una tetera?

Tardé unas horas en dormir aquella noche. Había múltiples motivos, tantos como yo misma quisiera inventar para justificar la falta de sosiego, pero en realidad todo era debido a que nunca me ha gustado compartir mi espacio en el lecho con nadie y mi Princesa no hizo más que abrazarme durante toda la noche. Por si todo ello no fuera, además, suficiente, la muchacha era incapaz de conciliar el sueño si no era con el televisor puesto, de modo que durante las horas que pasé en vela notando su respiración contra mi cabello, la teletienda, los videntes y toda la morralla que ponen a esas horas intempestivas me distrajeron de pensar en el Rockero, en mi Caballero con Vaqueros y Cadenas y en la madre que les parió a ambos.

De vez en cuando, al sentir recorrer mis oídos con la melodía de un suave ronquido, sí dejaba a un lado lo que el televisor quería mostrarme para mirarla y, por apenas unos minutos, pensar en lo que habíamos estado hablando antes en una atmósfera totalmente metafórica. Me preguntaba a mí misma una y otra vez cómo una muchacha tan dulce y cariñosa podía querer convertirse en algo como yo. No me malinterpretéis, no es que me haya considerado nunca un engendro, un error o una glitch, pero nunca creí que hubiera nadie que en el fondo de su corazón desease haberse llevado la misma cantidad de golpes y desengaños que, a pesar de mi corta edad, había sufrido. En términos más artísticos podría decir que no entendía cómo un Van Gogh podría ansiar ser una margarita mal pintada por un niño de dos años.

¿Conocen los requisitos para poder llamar a un grupo de escritores “generación literaria? “Han de nacer en años poco distantes”, “formación intelectual semejante”, “han de establecerse entre los miembros relaciones interpersonales”…  Pues mientras tiraba del hilo de mis pensamientos al mismo tiempo que las sombras sinuosas del techo cambiaban de suaves a agresivas al son del ritmo que el televisor marcaba, hice un silogismo entre estos requisitos con lo que sabía de mi Princesa, llegando a concluir como respuesta a mis intrigas y no sin cierta apatía, que ella pertenecía a lo que yo misma denominaría más adelante como: “Generación del 95”.  

>>¿En qué consiste susodicho grupo?<<  Imagino que coincidirán conmigo en que nuestras juventudes están entrando en la más absoluta decadencia moral y quizá incluso les agrie el gesto tanto como a mí el pensar que las chicas de hoy son marionetas que se creen titiriteras capaces de inducir a embrujos y que los chicos son marionetistas inútiles presas de su propio “arte”. Pero, ¿Cuándo empezó todo? La primera generación marcada, al menos ante mis profundos ojos negros y mi extraño raciocinio, es la de 1995 y hasta la fecha y sin excepciones, todos los que pertenecen a ella están cortados con el mismo patrón. Patrón que implica que hombres y mujeres no pueden ser amigos, ni tampoco ir a verse cuando hay kilómetros de por medio; patrón que marca que ningún miembro de la pareja puede salir con alguien de sexo contrario si no es en presencia del otro… y que representa así mismo una línea tan débil entre la envidia y la admiración que cualquier amistad puede echarse a perder por celos o intereses cruzados.

Mi Princesa pertenecía a la “Generación del 95” porque no se esforzaba por alcanzar sus metas y estaba al mismo tiempo tan absorta en un amor que nunca sería suyo que no era capaz de ver más desdicha ni más alegría que las suyas propias. Volví a mirar el móvil con un leve movimiento de cabeza. A mi Caballero con Vaqueros y Cadenas le pasaba igual en el sentido de que no era capaz de abrir la puerta a un nuevo amor y dejar salir el viejo; pero ni tenía la misma edad que mi Princesa ni cumplía con el resto e requisitos de la generación del 95. Pero… ¿mi Rockero pertenecía a ella?

Me sentí abrumada de repente y casi al borde de las lágrimas. Para mi Caballero con Vaqueros y Cadenas yo no existía, para el Rockero habría sido no más que un beso fugaz en el portal de otra y teniendo en cuenta que mi Princesa era de la generación del 95, tan sólo era cuestión de tiempo que nuestra amistad se rompiese. Sentí una opresión en el pecho ante la incertidumbre de verme sola de nuevo apenas unos meses más tarde y gracias a la innata capacidad de las mujeres para machacarse mentalmente, fue necesario que me hiciera un ovillo, me tapase la cara con ambas manos y me concentrase en recordar la letra de distintas canciones para poder desconectar y, esa vez sí, dormir hasta despuntar el alba.

Creo que rondaban las siete de la mañana cuando desperté, miré a mi alrededor y me volví a dormir para abrir los ojos de nuevo una hora más tarde, dar vueltas intentando conciliar el sueño. Muchas vueltas. Demasiadas vueltas. Terminé por rendirme a la vigilia y escurrirme por entre las sábanas en el más absoluto de los silencios para molestar lo menos posible. Extendí los brazos sobre mi cabeza poniéndome al mismo tiempo de puntillas para desentumecer los músculos después de dormir, cogí el ordenador, me apoderé del escritorio de mi Princesa y, echando una mirada hacia su silueta dormida cuando notaba que su respiración cambiaba, me puse a escribir… aunque aun hoy no consigo recordar el qué.


>>;El día que me declaré a mi Rey de lo Absurdo, me quedé en vela hasta las seis de la mañana hablando con él. Ha pasado mucho tiempo desde entonces, figuraos que era por la época en la que se usaba el Messenger, y pocas han sido las ocasiones en las que haya estado tan nerviosa como en aquel momento.

Yo acababa de romper con Platón hacía relativamente poco. Una semana quizá, puede que una semana y unos días o siquiera ni eso, y al parecer mi Rey había estado hablando con él, aguantando sus impertinencias e insultos por mí y, bueno, para qué negarlo, también por reírse un poco. Sin embargo, le atacó donde más le dolía hablándole de mí en tono despectivo y por eso aquella noche tras contarle lo que, desde el futuro en el que escribo, no le contaré a nadie más, empezamos a hablar.

Recuerdo que aquella noche no hacía frío especialmente, ni tampoco calor, pero hacía una buena temperatura sobre las sábanas de mi cama, la ideal a decir verdad, para estar tumbada en ellas y tonteando con el ordenador. A pesar de que no había colegio al día siguiente mis padres no me dejaban estar hasta tarde con el ordenador, así que al mínimo ruido de pasos por la casa, bajaba la tapa del portátil, lo escondía en la cama y me tumbaba a la espera de que el golpeteo cesase. Así aguanté, hasta las seis de la madrugada, hablando de todo y de nada con mi Rey de lo Absurdo. No recuerdo las palabras exactas que me hicieron responder de aquella manera, pero sí la consecución de palabras que dieron paso a un denso silencio:

- Yo siempre te he querido. De una forma o de otra, pero no he dejado de quererte nunca.<<


Daban ya las diez de la mañana cuando la Princesa se despertó, me miró y se dio la vuelta para, ante mi sombro, seguir durmiendo. Quizá porque siempre me gustó madrugar salvo en ocasiones puntuales, pero era la hora del desayuno, y ni siquiera el sentarme a su lado y llamarla con suavidad hizo que se moviese tan sólo un ápice de donde se encontraba. Suspiré con resignación y volví al escritorio para continuar escribiendo. Es irónico, pero incluso en ese estado en el que dos besos de dos chicos distintos, un rechazo y ciertas cosas que aun no se habían sucedido, más que en la que era mi mejor amiga, yo me desahogaba escribiendo e hice bien… Hice bien.


>>Me desesperé ante una respuesta que no llegó hasta el punto de que me disculpé por el hipotético caso de haberle ofendido, apagué el ordenador huyendo de una respuesta que no quería conocer y me metí en la cama a descansar el tiempo que se me permitiese. No me costó mucho conciliar el sueño. Hasta muchos años después no me quedaría en vilo (si obviamos lo de quedarme despierta hasta bien entrada la mañana del día siguiente) por un amor pasajero.

No soñé aquella noche, y aunque dormí poco tuve la reconfortante sensación de que, al día siguiente al conectarme en su busca, me topé con una respuesta que en realidad no esperaba. Entended que nunca he sido ese tipo de chica que, si te dice lo que siente, sea por buscar algo o por tener oscuras intenciones… En realidad él me enseñó la más pura sinceridad, de tal forma que cuando me agradeció esas cálidas palabras y el sentimiento en sí, no pude evitar sentirme afortunada y relajada como no lo estaría hasta mucho, muchísimo tiempo después.<<


Llegados a este punto de desahogo interno, opté por meterme en las redes sociales a hacer precisamente un poco de eso, de “vida social”. Estuve curioseando en la cuenta del Rockero, ¿y quién no lo hubiera hecho en mi lugar? Le conocía, o mejor dicho, sabía de su existencia, desde hacía dos, quizá tres años, pero el día anterior me había besado en el portal y yo ni tan siquiera había sido capaz de quedarme más que con su nombre, sus enormes ojos y sus pestañas de niña. Fue cuando más sorprendida me hallaba de las extrañas mohínas que ponía para las fotos que otra persona más, a quien llamaremos Jealous, me habló para no recuerdo qué clase de chorrada, pero como una bombillita que se enciende cuando una idea surca tu mente, recordé que ella y el Rockero habían sido amigos de la infancia así que… ¿Por qué no preguntarle al respecto?


Quizá fuera una buena manera de empezar a poner algo de estabilidad a mi vida.




-Fin del capítulo 04-

martes, 14 de enero de 2014

Capítulo 3: I love Rock n' Roll

                Salimos de aquella discoteca borrachos y agotados; o quizás fuera el agotamiento y la despreocupación lo que en ausencia de alcohol me hizo sentir ebria. Nos acercamos a un local cercano a pedirnos unos perritos calientes y desviamos nuestro rumbo unos grados más para ir a lo que comúnmente se conoce como “botellón”. Mi viejo Rockero, el muchacho de ojos verde-azulados con quien compartí gran parte de la noche, no se separaba de mí ni un solo segundo y, todo sea dicho, tampoco yo de él. Tener su brazo sobre mis hombros o sus manos sobre mi cintura era agradable, no tanto porque el chico me pareciera especialmente interesante como porque despedía un calor demasiado codiciado en aquel mes de febrero.

                Recuerdo que todos comentaban y cuchicheaban sin mucho cuidado tras de mí que formábamos una bonita pareja, o que a ver cuánto tardábamos en darnos un beso. Sentada en un bloque de hormigón a metro y medio de altura, desvié un momento la mirada al cielo estrellado que tenía sobre mi cabeza mientras entrelazaba sin gran interés mis dedos rodeando los hombros del Rockero. Parpadeé un par de veces sin desviar la mirada del manto azabache que se extendía sobre mí y, mientras jugueteaba distraída con un mechón de cabello que no era mío, volví a recordar.


                >>La tarde en la que Platón y yo cortamos recibí una llamada de un amigo al que hacía tiempo que no veía ni oía. Supongo que a él me puedo referir como “La Maravilla” no tanto porque me resulte como tal sino porque se autodenomina así. Como fuere, le conté las últimas nuevas y reímos abiertamente al teléfono mientras el que por aquel entonces era mi cuñado comentaba en voz baja lo alegre que se me veía, aunque bueno, ¿por qué no estarlo?

                Sin embargo, y como todo, la alegría es efímera, y si bien es cierto que me alegré de poder salir a despejarme con la Voluble sin ataduras de ningún tipo, estuve recibiendo constantes sms’s de Platón rogando por verme, pidiéndome disculpas y un largo etcétera. Me negué a leer sus mensajes, o los leía y los borraba. Sin embargo terminé por encontrármelo en la calle, dejándole contemplar sin quererlo que al recibir la notificación en el móvil de un nuevo mensaje lo volvía a guardar con gesto de desprecio sin ni siquiera leerlo. Me rogó y lloró por volver, y ante mi testarudez terminó por pedirme un beso de despedida que me arrebató por la fuerza.

”-Vete a casa.”

                Y me di la vuelta para ir a la bolera, donde me esperaban la Voluble y sus colegas. Lo que no sabía era que aquella historia no podía terminar de una manera tan sencilla.<<


                Casi sin darme cuenta había apoyado mi barbilla sobre la cabeza de mi Rockero y miraba distraída al fondo del descampado sin que me preocupasen las miradas indiscretas, pero al sentir su naricilla recorriendo mi rostro volví a la realidad. Dediqué una sonrisa cálida continuando por un segundo más con aquel tonteo pueril y me bajé del bloque de hormigón pintado de rojo a la llamada de la Princesa de irnos a casa. Simplemente asentí, me aseguré de llevarlo todo y me despedí de los que me habían rodeado hasta aquel instante. De todos excepto de uno, ¿adivinan quién?

Apenas había unos 7 minutos caminando desde donde nos encontrábamos hasta el hogar de la chica, pero el Rockero insistió en acompañarnos. Fue a la despedida, cuando se despidió con dos besos de mi femenina acompañante, que mientras ella abría la puerta a mis espaldas él unió sus labios con los míos y me tomó con cuidado por los hombros guiándome hasta la pared, en la cual aseguró su propia espalda antes de llevar una mano a mi cintura. En realidad a día de hoy sigo sin saber del todo cómo ocurrió; sólo sé que iba a besarle las mejillas, y que al siguiente parpadeo estaba lejos del umbral con las manos refugiadas entre mi pecho y el suyo.

En aquel estado de shock sólo alcancé a oír la voz de la Princesa llamándome a entrar, y reaccioné a tiempo como para recular un paso y, sin mirarle, subir el escalón que había en el portal. Luego retrocedí, saqué la cabeza por la línea vertical que dibujaba el portón y musité la despedida más cutre de cuantas he sido partícipe:

“-Que… hasta luego.”

Entré asegurándome de que cerrábamos bien las puertas, subimos a la habitación, nos pusimos los pijamas y nos echamos a dormir. Al menos eso hizo mi Princesa, pues yo, insomne como cada noche en la que pongo fin a una serie de extrañas circunstancias, me mantuve un rato en vela antes de bajar los párpados y para descansar la vista.


>>A los días de cortar con Platón y con media lista de contactos celebrándolo, éste se presentó en mi casa tendiéndome un PenDrive con las fotos que nos habíamos ido haciendo en los casi 3 meses de relación; o, mejor dicho, las fotos que me hizo, pues por suerte él no salía en casi ninguna. Recuerdo abrigarme para salir a su encuentro en la cancela del jardín, y apretarme contra la sudadera para combatir el frío y excusarme al mismo tiempo en éste para pasar el menos rato posible en su presencia.

No me pareció un mal muchacho en aquel momento, aunque nunca me he arrepentido de la decisión que tomé aquel 21 de Marzo. Incluso maldijo a la Promiscua, de quien ya os pondré al día un poco más adelante, por haberme dejado en la estocada. Como fuere, toda la serenidad que había reunido en los días que siguieron a aquel, fue calcinada al enterarme por oídos amigos que él me llamaba puta a mis espaldas, amenazaba de muerte a mi Rey de lo Absurdo afirmando que él me había comido la cabeza para que le dejase y tratando de humillarme por las redes sociales hasta el punto de hackearme la cuenta para dejarle mensajes comprometedores a mis contactos. Y todo así, de gratis; aunque no tuvo ni las suficientes luces de adoptar mi manera de escribir, por lo que todos supieron al instante que aquello no lo había escrito la persona cuyo nombre figuraba inmediatamente encima del comentario.<<


Sonreí al recordar aquello, deleitándome en las crueles palabras que le dediqué y en cómo le humillé en la intimidad pero sin tocarle al contener la lengua sobre ciertos temas de su vida que me había dicho en confidencia y que me suplicó porque no salieran a la luz, recordándoselo abiertamente cuando descubrí que me había hackeado la cuenta y que le preguntaba a Don Modestias sobre mis trapos sucios.

“En la guerra, como en el amor, la mujer es más bárbara que el hombre”, y si unes ambos, tienes a una fiera indomable defendiendo lo que le importa.

Ah… bendita discreción la mía.

Casi sin darme cuenta  llevé la mano derecha hacia la mesilla de noche y pulsé el botón central para ver la hora en la ya conocida pantalla luminosa. No recuerdo la hora, pero sí la sensación de vacío al ver que seguía sin las ansiadas noticias de mi Caballero con Vaqueros y Cadenas…  aunque bueno, ¿debería haber esperado un sms o quizás una llamada perdida? Le di al botón de bloqueo agriando la expresión. Me froté los ojos sirviéndome de los dedos pulgar e índice, y tras un ligero parpadeo deslicé sin percatarme la yema de los dedos por mi cara hasta acariciarme los labios. Oteé por unos segundos a la ventana en aquella misma posición. Me golpeé la frente y enredé los dedos en el cabello apartándomelo de la cara.


Mi vida se estaba liando, y bien parda.




-Fin del capítulo 03-