domingo, 26 de febrero de 2012

Capítulo 1: "Rememorando el pasado"

Aquella mañana tardé más de lo debido en levantarme de la cama. Puede que fuese porque no había dormido bien; porque me dolían los hombros y la espalda; porque me sentía cómoda, relajada y ajena al mundo que me rodeaba; porque mi habitación, con las persianas aún bajadas, asemejaba a la perfección la oscuridad de la noche... o puede que fuese simplemente porque acababa de leer un sms que acababa de llegar a mi móvil a pesar de que mi Caballero con Vaqueros y Cadenas lo había escrito en plena madrugada. Aun hoy no sé con exactitud el porqué y tampoco es que a estas alturas me importe demasiado... pero aquella mañana, mientras intentaba con todas mis fuerzas hacer caso omiso a las quedas lágrimas que resbalaban por mis mejillas, decidí recordar.

"¿Cómo he llegado a esta situación? ¿Qué he hecho para merecerlo? ¿Qué hubiera pasado si...?" Esas suelen ser las preguntas que acuden a la mente de las personas cuando intentan recordar o encontrarle algo de sentido a algo que acaba de suceder; siendo totalmente sinceros, a mí misma las posibilidades imposibles o las causas injustificadas por las cuales el destino nos trata como nos trata no es algo que me quite, ni mucho menos, un mísero minuto de mis sueños intranquilos. Es por eso que, a pesar de las interesantísimas reflexiones filosóficas que puedan surgir a raíz de las dos últimas preguntas, mi mente optó por centrarse en la primera de ellas.


>> ¿Cómo he llegado a esta situación?<<

>>Nací el 20 de Julio de algún año en el que el perro reinaba en el zodiaco chino. Era yo el fruto de un matrimonio en el que ocho años en el pasado el amor de dos personas formó a la que hoy en día es mi hermana mayor así como una nueva llama de esperanza que, confiaban, les desterrase de la mente el dolor del aborto que acababa de sucederse. Nunca dejará de parecerme irónico que, aún sin haber nacido, siquiera haberme formado como un nombre o una ilusión en la mente de mis progenitores, hubiera podido no existir; pero, como dije antes, eso pertenece a otro tema.

Crecí peleando diariamente con mi hermana; subiéndome a los árboles cada vez que tenía ocasión en lugar de jugar a ser mamá con las niñas de mi edad. Desde que tuve uso de razón y a mis manos llegaron las primeras películas, en VHS, de las princesas Disney, deseé fervientemente que mi cabello se volviese rubio como los rayos del sol que nos despiertan cada mañana y que mis ojos cambiasen su tonalidad hasta adquirir una que fuese tan cristalina como el agua. Mi silueta, algo regordeta, no me desagradaba en aquel entonces, y para cuando mi físico empezó a ser un motivo de preocupación para mí misma, ya había adquirido la suficiente altura como para parecer delgada. Durante muchos años tuve un cerco rojo en los ojos producto de una enfermedad de la piel que, al contraste con mi pálida piel, hacía parecer que siempre estaba enferma... pero lo más importante de la niña que era no estaba allí, en mi piel o sobre mis ojos, sino tras ellos: en lo más profundo de mi cabeza.

Puede que fuese por simple timidez pero a una edad muy temprana comencé a filosofar y a cuestionarme las razones de aquello que me rodeaba. Cada vez que veía algo que no entendía me sentaba en el columpio de mi casa, en el sofá, en la piedra con forma de lagarto que hay bajo el árbol del amor o sobre las ramas de una falsa pimienta y meditaba durante horas la causa de aquello que había logrado despertar mi más pura curiosidad. No voy a mentir y decir que mis deducciones podrían haber sacado la vacuna definitiva contra el virus del SIDA, pero sí que llegué a conclusiones muy llamativas de las que aún hoy guardo tiernos recuerdos de inocencia y dulzura.

Era una chiquilla rara, lo sé y lo admito. Incluso por aquel entonces me di cuenta de que mis ansias de explorar el mundo; de subir montañas que me mostrasen en la cima; de valerme por mí misma; de sentir la libertad inundar cada poro de mi piel; de crear arte que conmoviese a esta dura sociedad en la que nos ha tocado vivir sin más armas que mis manos llenas de bolígrafos, lápices y pinceles; de llegar a poder vivir sola y destacar no sólo por ser o, mejor dicho, creerme hermosa, sino por mi labia y mi aptitudes de razonamiento; de poder encontrar a alguien que no estuviera obsesionado con una fachada y mirase en el interior de las personas... me di cuenta de que todo lo que yo deseaba no era lo propio para una niña de apenas seis años; me di cuenta de que mientras mis amigas pensaban en maquillarse yo miraba al cielo pensando en qué habría más allá o si Dios me estaría mirando en aquel momento; me di cuenta de que yo creía con todas mis fuerzas en la bondad y en la ternura mientras a mis iguales sólo les importaba si el chico que les gustaba les había sonreído. Me topé con que mis ansias de rasgarme la piel al escalar o atravesar un bosque no casaban con la realidad de las niñas que soñaban ser princesas; que siempre traté de mirar más allá mientras que ellas se centraban sólo en la obra que el mundo representaba ante sus ojos... me encontré con que yo quería tener cicatrices que hablasen de que había vivido y había disfrutado de todo lo que me había tocado, fuese bueno o malo, cuando lo normal hubiera sido que una parte dentro de mí pensase en que lo más práctico era quedarse encerrada en el castillo de mis recuerdos, deseos y soledad a la espera de que mi príncipe azul llegase un día y me reclamase como su esposa.<<

El móvil volvió a sonar alertándome de un nuevo mensaje en mi bandeja de entrada que casi parecía responder al que había estado ensayando escribirle al ya mencionado Caballero. Me decía que amaba a la chica de ojos azules, a la Doncella, y, aunque era algo que yo ya sabía, mi corazón se resintió y mis ojos volvieron a desbordarse dibujando otras dos silenciosas lágrimas en mi cara. Tomé aire con parsimonia, me acomodé de nuevo entre las sábanas y cerré los ojos aguardando con lentitud y paciencia infinitas a que mi labio inferior dejase de temblar para poder pensar de manera objetiva. Introduje el móvil bajo la almohada, suspiré, y mi mente voló de nuevo.

>> Apenas entré en primaria me percaté de otra cosa que me hacía única ya no sólo entre mis amistades, sino también entre mi familia: el deporte.

Era curioso que cada partícula, cada célula de mi cuerpo, vibrase hasta casi estallar en deseos de que llegase el día en el que tuviera la clase de gimnasia. Muy probablemente, de no ser por mi extrema timidez y mi conciencia de que el dinero no crecía de los árboles, le hubiera pedido a mis padres que me apuntasen a alguna actividad extraescolar en la que pudiera formar equipo con jóvenes de mi edad o desarrollar al menos alguna de mis capacidades físicas tal como la flexibilidad o la resistencia. Años más tarde cumpliría mi sueño, pero no hay que precipitarse en los hechos.

Fue en primaria, en esta EGB, que mi cuerpo terminó por formase delgado, ágil y dotado para esfuerzos físicos mientras que mi capacidad memorística empezaba a hacerse notar en mis primeros años de escolarización hasta tal punto que llegaron a creer que podría poseer un coeficiente intelectual ligeramente superior al de la media, aunque por suerte para mí todo se quedó en una mera sospecha. Recuerdo que mi asignatura favorita era "Conocimiento del medio" y la más odiada, "Lengua", ya por ese entonces, me costaba entender las matemáticas y pensaba que el inglés era demasiado monótono como para ser un idioma universal.

Por aquel entonces los niños desean ser mayores y, puede que por eso mismo, en los últimos cursos antes de saltar a la ESO comienzan a fijar sus miradas en sus compañeros de clase para ver cuál de ellos podría ser una buena pareja llegado el caso. Recuerdo que a mí particularmente no me llamaba la atención el chico más hablador, el más guapo o siquiera el más macarra; mi atención se la llevó un muchacho callado e inteligente que parecía ocultarse tras sus rojas gafas de metal y ser ajeno ante todo o casi todo lo que ocurría alrededor. A diferencia de mí, a él se le daban bien las matemáticas. Cuando dejamos atrás la escuela y nos enfrentamos al instituto, el chico que me cautivó cuando no era nadie comenzó a volverse popular entre las chicas por su disimulada musculatura, su cuerpo bien formado y su marcada inteligencia. Dejó de atraerme en aquel mismo momento.

Qué curioso que mi primer amor lo matase la sociedad.<<


Cuando creía que había conseguido vencer la tentación de tomar el móvil para responderle al último mensaje a mi amado Caballero; cuando creía haber vencido las ganas de escribirle un mensaje en el que le dijese, con esa pasional indiferencia que me caracteriza, que mis labios aún ardían desde el día en que él me besó, el maldito aparato volvió a sonar y me puso, una vez más, a prueba. Me dio un vuelco el corazón y bajé los párpados con fuerza antes de abrirlos ante esa conocida pantalla luminosa. ¿Otro mensaje suyo? ¿Otra consecución de líneas con las que hacerme llorar al sentir cómo la impotencia y la rabia invadía cada recoveco de mi corazón?

“Ni tengo necesidad ni voy a esconder mis sentimientos hacia ella, por lo que podría haber algún que otro roce”

Fruncí los labios hastiada, oculté mis orbes de nuevo, volví a introducir el móvil bajo mi almohada y me tumbé boca-arriba acomodando las mantas sobre mi pecho. Crucé el brazo derecho sobre el rostro de manera que ocultase mis por aquel entones brillantes ojos de los tímidos rayos de sol que apenas comenzaban a colarse por entre las rendijas de la persiana. Suspiré con desesperación al ver que la manga de mi pijama sobre mi cara no era capaz de retener mis lágrimas antes de que éstas se desbordasen.

- Cupido juega conmigo’ -me dije.


>> Mi segundo amor, o, digamos, el siguiente chico con el que más contacto tuve, llegó en mi primer año de instituto, con apenas 12 años. Aún sonrío al recordar aquel cariño inocente disfrazado de una amistad curiosa embozada con miedos inconfesados. Él, quien años más tarde se convertiría en mi Judas acompañante, era un muchacho repetidor que no cesaba de preguntarse qué era lo que quería hacer con su vida. Era bastante más alto que yo, con ojos marrones y el cabello oscuro y rizado, muy rizado. Aunque ya por aquel entonces no creía en la belleza, hay que decir que el joven no entraba en ninguno de los cánones por los cuales recibir el adjetivo de “guapo”: el acné poblaba su faz, su silueta era total y absolutamente carente de trabajada musculatura, nunca se le dio bien combinar los colores de la ropa y, a menudo, recibía algunos insultos ya no sólo por su curioso comportamiento en ocasiones propio de lo que la sociedad actual considera un demente, sino también por su inusitado interés en una de las chicas más problemáticas de la clase que, no obstante, por su cuerpo bien formado y su actitud más “abierta”, se coronó popular en poco tiempo.

Yo era un alfiler. Delgada, sin curvas, con el cabello recogido siempre en coleta y una expresión de alerta y desagrado dibujada siempre sobre mi frente. Fui alguien muy irascible ese curso, aunque imagino que es normal no querer convertirte en víctima de nuevo tras unos años sufriendo ‘bulling’ en primaria. Ignoro totalmente qué fue lo que aquel martes, a última hora, le hizo sentarse a mi lado durante aquella clase de alternativas a la religión y ofrecerme un chicle de menta; ni tampoco cómo terminamos hablando del denominado ‘Síndrome de Estocolmo’... pero fue sin duda ese gesto tan simple lo que hizo dar comienzo a una amistad que evolucionó en mi interior más rápido de lo que, ciertamente, habría deseado.

Él no era nadie, no destacaba por nada y no era alguien de quien mis alrededores hablasen de forma maravillosa, pero tenía algo... algo especial. Puede que fuera el hecho de que él fue la primera persona en creer que en mí había algo más que la ruda y borde fachada que me empeñaba en sacar a la luz cada vez que alguien amenazaba con entrar a formar parte de mi vida; puede que fuera la primera persona que miró en mis expresivos y apagados ojos; puede que fuera la primera persona que quiso perderse en mi sonrisa sin que nada más le importase... puede que fuera simplemente que alumbró aquellos días tan oscuros para mí con nada más que un paraguas de sonrisas con el que protegerme de la lluvia que me ahogaba... pero consiguió convertirse en la razón por la que levantarme cada mañana aun venciendo las ganas de derrumbar a patadas mi propio mundo, consiguió lo que nunca nadie hasta la fecha: ganar a mi orgullo.

Pero al sentimiento de este joven lo maté yo misma cuando, tras aquellas fatídicas navidades, alcancé a ver que ninguna persona con un corazón como el suyo merecía acabar consumiéndose por alguien tan mezquino como yo. Me dolió, me dolió muchísimo, pero nadie jamás lo supo; ¿cómo contarle a los demás que me había enamorado de mi Judas Acompañante, que había conseguido ver más allá de los comentarios de los demás y que, al ver lo que guardaba en su interior, me había sentido incapaz de tratarle como se merecía? Orgullo y sólo orgullo, ese fue mi segundo verdugo y mi único salvador.<<

Se acercaban las doce del medio día cuando el móvil sonó una vez más. ¿Mi Caballero? No, esa vez era mi Princesa, mi dulce y cariñosa Princesa que me respondía a la pregunta que la noche anterior le formulé acerca de si podíamos almorzar juntas. Sonreí con amargura:

‘Buenos días amour~~ Claro que puedes comer conmigo, por mí te puedes venir ya y todo’

La chica a la que protejo de los males me demostraba más cariño y afecto que la persona por cuyas sonrisas, problemas y besos me mantuve durante largas noches en vela.


-Fin del capítulo 01-

2 comentarios:

  1. He podido ver las lágrimas formándose en el ojo de la chica, cuando recibe el sms del caballero de vaqueros y cadenas. Maravillosa capacidad para dibujar la tuya…
    Interesante primer capitulo, ¿será continuada la historia, o usaras esa maravillosa habilidad para otras, quizás con otros personajes?
    Lo iremos viendo pues…

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    1. Agradezco el comentario, realmente me anima a continuar. Pretendo editar el capítulo 1 y continuar con la historia conforme mi tiempo me lo permita.

      De nuevo gracias.

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