jueves, 3 de julio de 2014

Capítulo 4: ¿Una taza o una tetera?

Tardé unas horas en dormir aquella noche. Había múltiples motivos, tantos como yo misma quisiera inventar para justificar la falta de sosiego, pero en realidad todo era debido a que nunca me ha gustado compartir mi espacio en el lecho con nadie y mi Princesa no hizo más que abrazarme durante toda la noche. Por si todo ello no fuera, además, suficiente, la muchacha era incapaz de conciliar el sueño si no era con el televisor puesto, de modo que durante las horas que pasé en vela notando su respiración contra mi cabello, la teletienda, los videntes y toda la morralla que ponen a esas horas intempestivas me distrajeron de pensar en el Rockero, en mi Caballero con Vaqueros y Cadenas y en la madre que les parió a ambos.

De vez en cuando, al sentir recorrer mis oídos con la melodía de un suave ronquido, sí dejaba a un lado lo que el televisor quería mostrarme para mirarla y, por apenas unos minutos, pensar en lo que habíamos estado hablando antes en una atmósfera totalmente metafórica. Me preguntaba a mí misma una y otra vez cómo una muchacha tan dulce y cariñosa podía querer convertirse en algo como yo. No me malinterpretéis, no es que me haya considerado nunca un engendro, un error o una glitch, pero nunca creí que hubiera nadie que en el fondo de su corazón desease haberse llevado la misma cantidad de golpes y desengaños que, a pesar de mi corta edad, había sufrido. En términos más artísticos podría decir que no entendía cómo un Van Gogh podría ansiar ser una margarita mal pintada por un niño de dos años.

¿Conocen los requisitos para poder llamar a un grupo de escritores “generación literaria? “Han de nacer en años poco distantes”, “formación intelectual semejante”, “han de establecerse entre los miembros relaciones interpersonales”…  Pues mientras tiraba del hilo de mis pensamientos al mismo tiempo que las sombras sinuosas del techo cambiaban de suaves a agresivas al son del ritmo que el televisor marcaba, hice un silogismo entre estos requisitos con lo que sabía de mi Princesa, llegando a concluir como respuesta a mis intrigas y no sin cierta apatía, que ella pertenecía a lo que yo misma denominaría más adelante como: “Generación del 95”.  

>>¿En qué consiste susodicho grupo?<<  Imagino que coincidirán conmigo en que nuestras juventudes están entrando en la más absoluta decadencia moral y quizá incluso les agrie el gesto tanto como a mí el pensar que las chicas de hoy son marionetas que se creen titiriteras capaces de inducir a embrujos y que los chicos son marionetistas inútiles presas de su propio “arte”. Pero, ¿Cuándo empezó todo? La primera generación marcada, al menos ante mis profundos ojos negros y mi extraño raciocinio, es la de 1995 y hasta la fecha y sin excepciones, todos los que pertenecen a ella están cortados con el mismo patrón. Patrón que implica que hombres y mujeres no pueden ser amigos, ni tampoco ir a verse cuando hay kilómetros de por medio; patrón que marca que ningún miembro de la pareja puede salir con alguien de sexo contrario si no es en presencia del otro… y que representa así mismo una línea tan débil entre la envidia y la admiración que cualquier amistad puede echarse a perder por celos o intereses cruzados.

Mi Princesa pertenecía a la “Generación del 95” porque no se esforzaba por alcanzar sus metas y estaba al mismo tiempo tan absorta en un amor que nunca sería suyo que no era capaz de ver más desdicha ni más alegría que las suyas propias. Volví a mirar el móvil con un leve movimiento de cabeza. A mi Caballero con Vaqueros y Cadenas le pasaba igual en el sentido de que no era capaz de abrir la puerta a un nuevo amor y dejar salir el viejo; pero ni tenía la misma edad que mi Princesa ni cumplía con el resto e requisitos de la generación del 95. Pero… ¿mi Rockero pertenecía a ella?

Me sentí abrumada de repente y casi al borde de las lágrimas. Para mi Caballero con Vaqueros y Cadenas yo no existía, para el Rockero habría sido no más que un beso fugaz en el portal de otra y teniendo en cuenta que mi Princesa era de la generación del 95, tan sólo era cuestión de tiempo que nuestra amistad se rompiese. Sentí una opresión en el pecho ante la incertidumbre de verme sola de nuevo apenas unos meses más tarde y gracias a la innata capacidad de las mujeres para machacarse mentalmente, fue necesario que me hiciera un ovillo, me tapase la cara con ambas manos y me concentrase en recordar la letra de distintas canciones para poder desconectar y, esa vez sí, dormir hasta despuntar el alba.

Creo que rondaban las siete de la mañana cuando desperté, miré a mi alrededor y me volví a dormir para abrir los ojos de nuevo una hora más tarde, dar vueltas intentando conciliar el sueño. Muchas vueltas. Demasiadas vueltas. Terminé por rendirme a la vigilia y escurrirme por entre las sábanas en el más absoluto de los silencios para molestar lo menos posible. Extendí los brazos sobre mi cabeza poniéndome al mismo tiempo de puntillas para desentumecer los músculos después de dormir, cogí el ordenador, me apoderé del escritorio de mi Princesa y, echando una mirada hacia su silueta dormida cuando notaba que su respiración cambiaba, me puse a escribir… aunque aun hoy no consigo recordar el qué.


>>;El día que me declaré a mi Rey de lo Absurdo, me quedé en vela hasta las seis de la mañana hablando con él. Ha pasado mucho tiempo desde entonces, figuraos que era por la época en la que se usaba el Messenger, y pocas han sido las ocasiones en las que haya estado tan nerviosa como en aquel momento.

Yo acababa de romper con Platón hacía relativamente poco. Una semana quizá, puede que una semana y unos días o siquiera ni eso, y al parecer mi Rey había estado hablando con él, aguantando sus impertinencias e insultos por mí y, bueno, para qué negarlo, también por reírse un poco. Sin embargo, le atacó donde más le dolía hablándole de mí en tono despectivo y por eso aquella noche tras contarle lo que, desde el futuro en el que escribo, no le contaré a nadie más, empezamos a hablar.

Recuerdo que aquella noche no hacía frío especialmente, ni tampoco calor, pero hacía una buena temperatura sobre las sábanas de mi cama, la ideal a decir verdad, para estar tumbada en ellas y tonteando con el ordenador. A pesar de que no había colegio al día siguiente mis padres no me dejaban estar hasta tarde con el ordenador, así que al mínimo ruido de pasos por la casa, bajaba la tapa del portátil, lo escondía en la cama y me tumbaba a la espera de que el golpeteo cesase. Así aguanté, hasta las seis de la madrugada, hablando de todo y de nada con mi Rey de lo Absurdo. No recuerdo las palabras exactas que me hicieron responder de aquella manera, pero sí la consecución de palabras que dieron paso a un denso silencio:

- Yo siempre te he querido. De una forma o de otra, pero no he dejado de quererte nunca.<<


Daban ya las diez de la mañana cuando la Princesa se despertó, me miró y se dio la vuelta para, ante mi sombro, seguir durmiendo. Quizá porque siempre me gustó madrugar salvo en ocasiones puntuales, pero era la hora del desayuno, y ni siquiera el sentarme a su lado y llamarla con suavidad hizo que se moviese tan sólo un ápice de donde se encontraba. Suspiré con resignación y volví al escritorio para continuar escribiendo. Es irónico, pero incluso en ese estado en el que dos besos de dos chicos distintos, un rechazo y ciertas cosas que aun no se habían sucedido, más que en la que era mi mejor amiga, yo me desahogaba escribiendo e hice bien… Hice bien.


>>Me desesperé ante una respuesta que no llegó hasta el punto de que me disculpé por el hipotético caso de haberle ofendido, apagué el ordenador huyendo de una respuesta que no quería conocer y me metí en la cama a descansar el tiempo que se me permitiese. No me costó mucho conciliar el sueño. Hasta muchos años después no me quedaría en vilo (si obviamos lo de quedarme despierta hasta bien entrada la mañana del día siguiente) por un amor pasajero.

No soñé aquella noche, y aunque dormí poco tuve la reconfortante sensación de que, al día siguiente al conectarme en su busca, me topé con una respuesta que en realidad no esperaba. Entended que nunca he sido ese tipo de chica que, si te dice lo que siente, sea por buscar algo o por tener oscuras intenciones… En realidad él me enseñó la más pura sinceridad, de tal forma que cuando me agradeció esas cálidas palabras y el sentimiento en sí, no pude evitar sentirme afortunada y relajada como no lo estaría hasta mucho, muchísimo tiempo después.<<


Llegados a este punto de desahogo interno, opté por meterme en las redes sociales a hacer precisamente un poco de eso, de “vida social”. Estuve curioseando en la cuenta del Rockero, ¿y quién no lo hubiera hecho en mi lugar? Le conocía, o mejor dicho, sabía de su existencia, desde hacía dos, quizá tres años, pero el día anterior me había besado en el portal y yo ni tan siquiera había sido capaz de quedarme más que con su nombre, sus enormes ojos y sus pestañas de niña. Fue cuando más sorprendida me hallaba de las extrañas mohínas que ponía para las fotos que otra persona más, a quien llamaremos Jealous, me habló para no recuerdo qué clase de chorrada, pero como una bombillita que se enciende cuando una idea surca tu mente, recordé que ella y el Rockero habían sido amigos de la infancia así que… ¿Por qué no preguntarle al respecto?


Quizá fuera una buena manera de empezar a poner algo de estabilidad a mi vida.




-Fin del capítulo 04-

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