martes, 14 de enero de 2014

Capítulo 3: I love Rock n' Roll

                Salimos de aquella discoteca borrachos y agotados; o quizás fuera el agotamiento y la despreocupación lo que en ausencia de alcohol me hizo sentir ebria. Nos acercamos a un local cercano a pedirnos unos perritos calientes y desviamos nuestro rumbo unos grados más para ir a lo que comúnmente se conoce como “botellón”. Mi viejo Rockero, el muchacho de ojos verde-azulados con quien compartí gran parte de la noche, no se separaba de mí ni un solo segundo y, todo sea dicho, tampoco yo de él. Tener su brazo sobre mis hombros o sus manos sobre mi cintura era agradable, no tanto porque el chico me pareciera especialmente interesante como porque despedía un calor demasiado codiciado en aquel mes de febrero.

                Recuerdo que todos comentaban y cuchicheaban sin mucho cuidado tras de mí que formábamos una bonita pareja, o que a ver cuánto tardábamos en darnos un beso. Sentada en un bloque de hormigón a metro y medio de altura, desvié un momento la mirada al cielo estrellado que tenía sobre mi cabeza mientras entrelazaba sin gran interés mis dedos rodeando los hombros del Rockero. Parpadeé un par de veces sin desviar la mirada del manto azabache que se extendía sobre mí y, mientras jugueteaba distraída con un mechón de cabello que no era mío, volví a recordar.


                >>La tarde en la que Platón y yo cortamos recibí una llamada de un amigo al que hacía tiempo que no veía ni oía. Supongo que a él me puedo referir como “La Maravilla” no tanto porque me resulte como tal sino porque se autodenomina así. Como fuere, le conté las últimas nuevas y reímos abiertamente al teléfono mientras el que por aquel entonces era mi cuñado comentaba en voz baja lo alegre que se me veía, aunque bueno, ¿por qué no estarlo?

                Sin embargo, y como todo, la alegría es efímera, y si bien es cierto que me alegré de poder salir a despejarme con la Voluble sin ataduras de ningún tipo, estuve recibiendo constantes sms’s de Platón rogando por verme, pidiéndome disculpas y un largo etcétera. Me negué a leer sus mensajes, o los leía y los borraba. Sin embargo terminé por encontrármelo en la calle, dejándole contemplar sin quererlo que al recibir la notificación en el móvil de un nuevo mensaje lo volvía a guardar con gesto de desprecio sin ni siquiera leerlo. Me rogó y lloró por volver, y ante mi testarudez terminó por pedirme un beso de despedida que me arrebató por la fuerza.

”-Vete a casa.”

                Y me di la vuelta para ir a la bolera, donde me esperaban la Voluble y sus colegas. Lo que no sabía era que aquella historia no podía terminar de una manera tan sencilla.<<


                Casi sin darme cuenta había apoyado mi barbilla sobre la cabeza de mi Rockero y miraba distraída al fondo del descampado sin que me preocupasen las miradas indiscretas, pero al sentir su naricilla recorriendo mi rostro volví a la realidad. Dediqué una sonrisa cálida continuando por un segundo más con aquel tonteo pueril y me bajé del bloque de hormigón pintado de rojo a la llamada de la Princesa de irnos a casa. Simplemente asentí, me aseguré de llevarlo todo y me despedí de los que me habían rodeado hasta aquel instante. De todos excepto de uno, ¿adivinan quién?

Apenas había unos 7 minutos caminando desde donde nos encontrábamos hasta el hogar de la chica, pero el Rockero insistió en acompañarnos. Fue a la despedida, cuando se despidió con dos besos de mi femenina acompañante, que mientras ella abría la puerta a mis espaldas él unió sus labios con los míos y me tomó con cuidado por los hombros guiándome hasta la pared, en la cual aseguró su propia espalda antes de llevar una mano a mi cintura. En realidad a día de hoy sigo sin saber del todo cómo ocurrió; sólo sé que iba a besarle las mejillas, y que al siguiente parpadeo estaba lejos del umbral con las manos refugiadas entre mi pecho y el suyo.

En aquel estado de shock sólo alcancé a oír la voz de la Princesa llamándome a entrar, y reaccioné a tiempo como para recular un paso y, sin mirarle, subir el escalón que había en el portal. Luego retrocedí, saqué la cabeza por la línea vertical que dibujaba el portón y musité la despedida más cutre de cuantas he sido partícipe:

“-Que… hasta luego.”

Entré asegurándome de que cerrábamos bien las puertas, subimos a la habitación, nos pusimos los pijamas y nos echamos a dormir. Al menos eso hizo mi Princesa, pues yo, insomne como cada noche en la que pongo fin a una serie de extrañas circunstancias, me mantuve un rato en vela antes de bajar los párpados y para descansar la vista.


>>A los días de cortar con Platón y con media lista de contactos celebrándolo, éste se presentó en mi casa tendiéndome un PenDrive con las fotos que nos habíamos ido haciendo en los casi 3 meses de relación; o, mejor dicho, las fotos que me hizo, pues por suerte él no salía en casi ninguna. Recuerdo abrigarme para salir a su encuentro en la cancela del jardín, y apretarme contra la sudadera para combatir el frío y excusarme al mismo tiempo en éste para pasar el menos rato posible en su presencia.

No me pareció un mal muchacho en aquel momento, aunque nunca me he arrepentido de la decisión que tomé aquel 21 de Marzo. Incluso maldijo a la Promiscua, de quien ya os pondré al día un poco más adelante, por haberme dejado en la estocada. Como fuere, toda la serenidad que había reunido en los días que siguieron a aquel, fue calcinada al enterarme por oídos amigos que él me llamaba puta a mis espaldas, amenazaba de muerte a mi Rey de lo Absurdo afirmando que él me había comido la cabeza para que le dejase y tratando de humillarme por las redes sociales hasta el punto de hackearme la cuenta para dejarle mensajes comprometedores a mis contactos. Y todo así, de gratis; aunque no tuvo ni las suficientes luces de adoptar mi manera de escribir, por lo que todos supieron al instante que aquello no lo había escrito la persona cuyo nombre figuraba inmediatamente encima del comentario.<<


Sonreí al recordar aquello, deleitándome en las crueles palabras que le dediqué y en cómo le humillé en la intimidad pero sin tocarle al contener la lengua sobre ciertos temas de su vida que me había dicho en confidencia y que me suplicó porque no salieran a la luz, recordándoselo abiertamente cuando descubrí que me había hackeado la cuenta y que le preguntaba a Don Modestias sobre mis trapos sucios.

“En la guerra, como en el amor, la mujer es más bárbara que el hombre”, y si unes ambos, tienes a una fiera indomable defendiendo lo que le importa.

Ah… bendita discreción la mía.

Casi sin darme cuenta  llevé la mano derecha hacia la mesilla de noche y pulsé el botón central para ver la hora en la ya conocida pantalla luminosa. No recuerdo la hora, pero sí la sensación de vacío al ver que seguía sin las ansiadas noticias de mi Caballero con Vaqueros y Cadenas…  aunque bueno, ¿debería haber esperado un sms o quizás una llamada perdida? Le di al botón de bloqueo agriando la expresión. Me froté los ojos sirviéndome de los dedos pulgar e índice, y tras un ligero parpadeo deslicé sin percatarme la yema de los dedos por mi cara hasta acariciarme los labios. Oteé por unos segundos a la ventana en aquella misma posición. Me golpeé la frente y enredé los dedos en el cabello apartándomelo de la cara.


Mi vida se estaba liando, y bien parda.




-Fin del capítulo 03-

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